“El liberalismo no es pecado” de Rodríguez Braun
Para definir un libro como éste, conviene violar una de las reglas de la definición, la de definir las cosas por lo que son y no por lo que no son: Pues bien, “El liberalismo no es pecado” no es un libro que salga tratando de aprovechar la estela mediática de su autor y sin que aporte nada al debate. Si su autor se llamase Pepe Pérez en lugar de Rodríguez Braun y no fuera un habitual de los medios de comunicación, el libro seguiría siendo igualmente valioso como elemento de debate, tanto si se está de acuerdo con el 100% de sus planteamientos como si no es así o, más aún, incluso en el caso de estar en contra del 100% de sus posiciones.
Quizás haya que criticarle la lentitud para entrar en materia. No se puede ser todo para todo el mundo y Rodríguez Braun da la impresión de haber cogido de la mano a alguien que no tenía la más remota idea de economía y llevarle a terrenos cada vez más complejos hasta mostrarle en su totalidad una posición que, sin duda, podríamos definir como liberal a ultranza. Al actuar así, asume un riesgo de cara al lector: Que éste acabe pensando que se trata de un libro de introducción a los temas más básicos y no siga leyendo. Estuvo a punto de ocurrir así en mi propio caso.
Transcurridos los capítulos iniciales de travesía en el desierto, el autor comienza a desgranar argumentos que podrían enlazar perfectamente con otros textos de autores liberales como Thomas Sowell, tanto en el terreno puramente económico, “Basic Economics”, como en el social como “Race and Culture” y en el político con “The vision of the anointed”.
Para cualquier lector de Sowell, la argumentación de “El liberalismo no es pecado” en este terreno no resultará nueva y el aprecio o falta de él estará más referida a la claridad de exposición -excelente- que al núcleo del argumento que es el mismo en ambos casos.
La parte genuinamente suya y que, por sí sola, podría justificar la lectura del libro comienza cuando pasa del terreno general al particular y explica por qué se produjo la crisis de 2008, cuál ha sido el papel de los gobiernos, bajo qué tipo de falacias están operando, cuál es y cuál debe ser el papel del Estado y, en suma, dónde nos encontramos ahora y cómo y por qué hemos llegado hasta aquí.
En este último punto, se encuentra algún elemento susceptible de discusión incluso desde posiciones liberales: El autor comenta que la crisis no se produce por falta de regulación y que, de hecho, existe tal cantidad de regulaciones que no hay nadie que las conozca todas y es imposible desenvolverse en un bosque como ése. Puede aceptarse, porque es verdad, que existe una enorme cantidad de regulaciones pero eso no significa que tales regulaciones caminen en la dirección adecuada y, por ello, no puede aducirse la cantidad como prueba de que no está ahí el problema.
Un clásico como Hayek parecía, en este terreno, tener una posición menos extrema: Las regulaciones deben estar ahí para garantizar que todos están sujetos a las mismas reglas -no para tratar de orientar resultados en uno u otro sentido- y para conseguir que haya claridad en el mercado. Claridad significa que quien compra o vende sabe qué está comprando o qué está vendiendo. Si volvemos a la crisis de 2008, no podemos olvidar que muchos de los inversores en Lehmann Brothers no eran inversores que buscasen alta rentabilidad y asumiesen alto riesgo sino que buscaban inversiones seguras. Cuando los gestores de esas inversiones se encontraban con una triple A que se estuvo manteniendo casi hasta el momento mismo de la quiebra, estaban actuando correctamente de acuerdo con la información de que disponían. ¿Realmente es sostenible que las regulaciones no tienen nada que ver con los motivos de la crisis?
Cierto que no es el único -aunque no creo que pueda negarse su papel- y el autor entra a fondo en otros temas clave como, por ejemplo, las prácticas bancarias, cómo y por qué han evolucionado así esas prácticas y cómo y por qué era de todo punto previsible que una crisis como ésta estallase.
Para concluir, las partes dedicadas a las etiquetas de la onda políticamente correcta y a cómo se venden determinadas barbaridades para justificar recortes en la libertad individual me recordaron a otro libro y otro autor, “El conocimiento inútil” de Revel y la frase con que lo abre: “La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira”.
En suma, muy recomendable aunque si alguien, medianamente informado, se salta los dos primeros capítulos no pasa absolutamente nada. Podrá dedicarles más tiempo y atención a los siguientes y le valdrá la pena.
“Thinking fast and slow” de Daniel Kahnemann
Kahnemann es el primer psicólogo que consigue un premio Nobel y la lectura de este libro daría para pensar que puede que hubiera motivos para ello. Pongámoslo primero en contexto:
Desde el ámbito de la economía, siempre se ha afirmado que el hombre actúa de modo racional y buscando siempre el mayor interés. Esta idea de homo oeconomicus, conocida en el ámbito sajón simplemente como econ es, en ultima instancia, la que justifica el concepto liberal de organización social que, muy reducido, vendría a decir algo así como “Señor Gobierno; métase en sus asuntos, déjeme decidir y encárguese sólo de garantizar que las reglas son las mismas para todos”.
Una vuelta de tuerca o, si se prefiere, una modernización del concepto econ apareció con textos como Freakonomics y otros similares aparecidos en la misma época. En estos casos, los autores mostraban cómo conductas que parecían no responder al patrón del econ resultaba que, en última instancia, sí respondían porque se trataba de situaciones donde la estructura de refuerzos no era evidente. Era la falta de visibilidad del refuerzo lo que llevaba a atribuir irracionalidad a una conducta que era perfectamente coherente.
En paralelo con esta tendencia, había otra discusión bastante generalizada: Hasta qué punto era posible convertir la racionalidad del econ en algoritmos que permitiesen su procesamiento por una máquina haciendo que ésta pudiera tomar decisiones equiparables si no mejores que las tomadas por una persona. Esta discusión se ha abierto en dos líneas principales a las que, por darles algún nombre, podríamos denominar “centradas en el procesador” y “centradas en el proceso”.
Las “centradas en el procesador” han tratado, sobre todo, de mostrar la existencia de capacidades humanas imposibles o extremadamente difíciles para una máquina. Algunas capacidades son de tipo físico como, por ejemplo, atrapar una pelota al vuelo mientras que otras son de tipo mental e implican una capacidad de proceso paralelo inaccesible a una máquina, si bien es cierto que la rapidez en el procesamiento secuencial a veces es un buen sucedáneo.
Las “centradas en el proceso” han tratado sobre la información contextual que añadimos a cada decisión y que nos hacen tomar cualquier decisión con una cantidad de datos mucho mayor de la que normalmente introduciríamos en un algoritmo. Éstas son las que han dado lugar a que se hable de conceptos como intuición o procesamiento heurístico y han tenido numerosos defensores que mostraban situaciones de decisiones sencillas para una persona pero no tanto para una máquina, precisamente por todos los elementos contextuales que había en la decisión.
Es en este punto donde entra Kahnemann: La idea central de Kahnemann podría resumirse en que el funcionamiento del econ no describe cómo son realmente los mecanismos conductuales porque, efectivamente, hay un procesamiento heurístico. Sin embargo, ese procesamiento heurístico que nos puede haber dotado de una serie de ventaja evolutivas, también introduce un conjunto de sesgos en las decisiones, algunos de ellos de gran importancia.
El libro es simplemente una recopilación de modelos con ejemplos de situaciones, de la vida real o de laboratorio, en los que se muestra cómo la decisión tomada es incorrecta. Muchos de los ejemplos, como mostrar que no hay simetría en las decisiones para un mismo nivel de probabilidad dependiendo de que se trate de un evento positivo o negativo, son sorprendentes y tienen aplicaciones directas como la explicación de por qué se compran pólizas de seguros y cuánto puede estarse dispuesto a pagar por ellas o por qué entre una imagen y una probabilidad prevalece la imagen en la decisión.
Quizás uno de los fenómenos más interesantes que apunta Kahnemann es el hecho de que podamos responder a algo distinto de lo que se nos pregunta sin ser conscientes de ello. Simplemente hemos buscado algo más fácil de responder y, al hacerlo así, hemos respondido a otra cosa. En el ámbito de recursos humanos, un ejemplo claro se produce cuando “rendimiento” se equipara a “resultados” por ser éstos más fáciles de medir, a pesar de que en los resultados podrían influir más elementos además del rendimiento y este último es más difícil de operativizar.
Todos los modelos que va mostrando los agrupa en lo que llama un “Sistema-1″, rápido, sujeto a sesgos y que no admite desconexión y un “Sistema-2″ racional, secuencial pero bastante indolente para tomar el control del “Sistema-1″ lo que, a veces, conduce a que se produzcan decisiones inadecuadas. Incluso cuando toma el control el “Sistema-2″, el “Sistema-1″ sigue funcionando y eso tiene sus efectos. Si utilizamos una ilusión muy conocida, la de Muller-Lyer, y preguntamos cuál de las dos líneas es más larga, el experimento es tan conocido que casi cualquiera contestará que son iguales…pero no por ello dejará de ver una más larga que la otra. Cuando se trata de algo menos inocuo como, por ejemplo, una imagen relativa a nosotros mismos que pueda ser desagradable o perturbadora, haremos lo posible por quitárnosla de encima…por ejemplo, comprar un seguro.
Muy interesante tambien el tema de las “historias de vida” y de la preferencia por construir una buena historia antes que disfrutar el momento. Muestra bastantes ejemplos pero bastará uno, presentado en forma de pregunta, para dar una idea:
¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por unas vacaciones maravillosas en las que te prohibieran llevar cámara y, al final, te dieran una pócima que te hiciera olvidarlas por completo?
El ejemplo es bastante bueno para ilustrar el punto, punto que lleva a temas como la experiencia del dolor y qué lecciones podían extraer los médicos donde tengan algún margen de acción para su graduación, teniendo en cuenta que el recuerdo es peor que el sufrimiento inmediato. Incluso menciona el caso de las personas con Alzheimer como alguien que siente pero que, al no recordar, no genera historia.
Se podrían multiplicar los ejemplos pero, para cualquiera que esté en alguna medida interesado en la psicología humana, hay un consejo claro: Léelo.
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11S y el “Manifiesto de la Felicidad”
El 11S hubo demasiadas cosas para impresionar; tantas que algunas otras menores pueden pasar desapercibidas y es en una de éstas en las que quería incidir: Días después del fatídico 11S, cuando todavía se estaba haciendo el recuento de las víctimas, hubo quien dijo que iba a ser difícil saber con rapidez cuánta gente había muerto allí: Seguramente había bastante gente a la que nadie echaría de menos y sólo al cabo de un tiempo más o menos largo alguien se daría cuenta de que podía estar entre las víctimas.
Detalle menor comparado con la enormidad de lo ocurrido allí pero muy significativo de una faceta de la sociedad norteamericana: La tremenda soledad que puede afectar a gente normal, no marginada social ni económicamente pero que, aunque no viva en mitad de un bosque sino en un apartamento, puede morirse sin que nadie se dé cuenta hasta unas semanas o meses después. Seguramente tiene una hermosa pantalla plana e incluso a lo mejor con 3D, está a la última de todos los gadgets habidos y por haber, etc. pero a muchos nos parecería que esa forma de vida no es lo que se vende como el sueño americano. Sin embargo, con mucha frecuencia es uno de sus componentes.
Hace aproximadamente dos meses, Bhutan hizo saber en la ONU que la felicidad debería incluirse entre los parámetros a medir y no quedarse en el PIB para calibrar la calidad de vida. Es fácil creer que era una historia más propia del Hare Krishna que de curtidos diplomáticos pero la historia menor que el 11S sacó a la luz invita a pensar que a lo mejor tenían razón. No he leído el “Manifiesto de la Felicidad” y no sé si lo haré pero está claro que no siempre los más ricos son los más felices. A lo mejor, como dicen en Bhutan, había que buscar cómo medir la felicidad e informar con ese dato en qué países se vive realmente mejor y en cuáles peor.
Creación de empleo en versión sindical
A los políticos de vez en cuando se les escapa alguna verdad. Hoy mismo, Cayo Lara en su Twitter nos habla de “política de recortes de Aguirre al empleo en la enseñanza pública” y hay algo importante en el comentario que puede pasar desapercibido: ¿Estábamos hablando de “recortes AL EMPLEO en la enseñanza pública” o de “recortes en la enseñanza pública? No es lo mismo.
Hay una receta de creación de empleo que comparten tanto los sindicatos como la izquierda más ultramontana: Si se trata de una empresa privada, la receta podría sintetizarse en “Tenga un empleado menos de los que provocarían su quiebra inmediata”. Al fin y al cabo ¿para qué son los beneficios empresariales salvo para lujos y ostentación de los ricos? Sirve de poco aclarar que los “ricos” son a menudo fondos de pensiones nutridos por dinero aportado por trabajadores y que exigen rentabilidad y que, si no la obtienen, se van a otro sitio y rompen con cualquier posibilidad de conseguir inversión. Si la empresa es pública, las cosas no cambian mucho: Quien está pagando esta particular modalidad de “creación de empleo” es el contribuyente con sus impuestos.
Es una receta vieja: Los sindicatos siempre han tenido gran interés en crear “especialistas” porque, cuando más estricta sea la definición de un puesto, más se pueden dar situaciones como que un aeropuerto se paralice porque está en huelga la persona que quita los calzos de los aviones o situaciones como que se requiera contratar un “especialista” aunque haya otra persona al lado totalmente ociosa pero la “especialidad”, aunque sea la de quitar calzos, no corresponde a su puesto y es necesario contratar a una persona más. Por esta vía se ha provocado una inflación de plantillas insostenible tanto en la Administración Pública como en las empresas públicas. “Creación de empleo” es entendida como contratar gente se necesite o no. Al final, lo que se resiente es la inversión que huye despavorida de tales recetas o el bolsillo de los contribuyentes que pagan tal derroche con sus impuestos.
En un entorno como el español con un clarísimo exceso de funcionarios denunciado desde todos los ángulos políticos imaginables, el comentario de Lara es relevador: La receta para la creación de empleo en enseñanza consiste en convertir al interino, sinónimo de provisional, en fijo. No importa que sobren funcionarios ni que el interino, por el hecho de serlo, no tenga garantizada su seguridad del puesto de trabajo. Basta con convertir en las proclamas públicas el “recorte al empleo en la enseñanza pública” en “recorte en la enseñanza pública”, agítese y sáquese a la calle si es que queda alguna capacidad de convocatoria.
Estrés e ilusión de control
Un viejo experimento en psicología, menos conocido de lo que debería por su trascendencia, consiguió inducir estrés en un mono hasta el punto de desarrollar úlceras y otros problemas psicosomáticos habitualmente asociados al estrés. Lo interesante es cómo.
En el experimento tomaron dos monos: A uno de ellos le daban descargas eléctricas que podían ser molestan sin que el animal tuviera posibilidad de evitarlas y al otro le daban una palanca que unas veces evitaba la descarga pero otras no. El primero protestaba pero no desarrollaba estrés ni enfermedades psicosomáticas; el segundo sí.
Napoleón, cuando tenía que nombrar un nuevo general, una de las primeras cosas que preguntaba es, si además de un buen estratega, etc. tenía suerte y no iba descaminado. Son muchas las situaciones o muchos los puestos de trabajo donde no todas las variables se encuentran bajo el propio control pero, en cualquier caso, los resultados son atribuidos a la propia responsabilidad o, dicho de otra forma, son muchos los puestos donde las personas se encuentran en una situación muy parecida a la del mono que desarrolla úlceras.
Es posible que sea una leyenda urbana pero se dice que el despegue de Microsoft, de la mano del MS-DOS y del PC de IBM vino por una llamada telefónica no contestada, llamada realizada a la empresa Digital Research que, durante mucho tiempo, tuvo en el mercado una versión DOS (DR-DOS) de mejores características que el DOS de Microsoft. A pesar de eso, el azar puso a Microsoft en la pista de salida y, por supuesto, después vendrían movimientos bastante audaces como la salida de Windows y el desmarque de IBM y su OS2; sin embargo, al principio, hubo un punto en que el azar fue determinante. ¿Puede un cáncer, como en el caso de Steve Jobs, poner en riesgo una de las compañías más admiradas en el mundo como Apple? ¿Puede alguien, como en el caso de Zapatero, acceder sin unos mínimos exigibles a una presidencia de gobierno por una serie de carambolas? ¿Puede una central nuclear en España verse afectada por un terremoto en Japón?
Los ejemplos de que no todo está bajo control se pueden multiplicar y, sin embargo, la ilusión de control permanece y a veces está presente de forma deliberada: Abrir la puerta a elementos externos no controlables es abrirla también a la posibilidad de excusas y en muchas posiciones se opta por hacer responsable a alguien de lo que ocurra, tanto si está bajo su control como si no. Al actuar así, haciendo responsable a alguien no de sus actos o sus omisiones sino de lo que ocurra tenga o no que ver con éstos, se contribuye a colocar a las personas en la situación del mono del experimento y, de rebote, se cambian las prioridades y se da el mensaje incorrecto: Grandes errores sin consecuencias visibles en el corto plazo son disculpados y pequeños errores que puedan tener alguna contribución en un resultado visible y catastrófico condenan al paredón a su artífice. Hay auténticas exhibiciones de lo que llamaríamos coloquialmente morro y, así, los directivos de una empresa (éste es un caso real lógicamente no identificado) pueden atribuir los malos resultados a la situación del mercado internacional y exigir que no se toquen sus sueldos y los buenos resultados a su gestión -en este caso, el que el producto que se comercializa haya disparado su precio en el mercado internacional parece ser irrelevante.
Muchas úlceras se eliminarían si cada uno fuera responsable de sus actos y no de los elementos externos, positivos o negativos, que puedan ser determinantes para el resultado. A lo mejor esto no es así porque todos preferimos ser como Napoleón y responsabilizar a la gente también por su suerte o falta de ella.
#buscartrabajoporinternet y el chiste del oso
Chiste viejo y muy conocido: Dos amigos van a hacer senderismo por el bosque y uno de ellos se pone unas zapatillas para correr. Preguntado por su amigo por qué hacía eso, le responde que había oído que por esa zona había osos y se ponía las zapatillas para correr más. Su amigo le aclara que un oso corre mucho más que él y no se va a escapar corriendo a lo que el primero responde: No necesito correr más que el oso; me basta con correr más que tú.
Desde que publiqué el libro “Buscar trabajo por Internet” ha habido una pregunta recurrente: De una forma u otra, se acababa preguntando si el uso de Internet para encontrar trabajo serviría para disminuir el nivel de desempleo y la respuesta que he dado siempre es la que refleja el chiste del oso: El oso no va a dejar de comer; lo máximo que podemos conseguir es que no nos coma a nosotros.
Si no queremos pasar a la categoría de vendedores de humo más vale que digamos las cosas claras: Internet es una herramienta que puede dotar de eficiencia a la búsqueda de trabajo pero la situación que se genera entre los demandantes de empleo se parece como una gota de agua a otra a un juego de suma cero: Alguien consigue el puesto pero, al hacerlo, ha dejado en la cuneta a otro que aspiraba al mismo puesto. Se trata de mejorar la posición competitiva en un mercado en que la competitividad es tristemente extrema y no de prometerles a todos que encontrarán trabajo. Si pudiera hacerlo sin mentir lo haría y si pudiera hacerlo y no me importase mentir me dedicaría a la política.
El mercado es el que es y el uso de Internet no va a cambiar eso; lo que sí puede cambiar son las posibilidades individuales de alguien que aprenda a manejar mejor sus recursos. Nada más.
Otro precio de la crisis económica y política: Capital humano
Hace varios años me tocó dirigir un proyecto en El Salvador: A pesar de la amabilidad de su gente y de ser, al menos en ese momento, uno de los países donde menos corrupción visible había dentro del área geográfica llegué a la conclusión de que el país estaba muerto. La razón era muy sencilla: Un país donde una gran mayoría de sus ciudadanos tienen como máxima aspiración emigrar a Estados Unidos no tiene vida por delante.
Un país guiado por la máxima de Serrat de Escapad, gente tierna que esta tierra está enferma y no esperes mañana lo que no te dio ayer no puede tener futuro. He tenido en los últimos años contacto con “españoles por el mundo” y, cuando les he preguntado por su intención de regresar, la respuesta ha sido unánime: Sólo de visita. En unas ocasiones porque no veían perspectivas en España, en otras porque sí las veían e incluso tenían buenas ofertas pero, si la aventura salía mal, no tenían donde ir y preferían estar en mercados mucho más abiertos, en otras, porque ya tenían hijos que habían nacido y estaban escolarizados en otro país y no veían ninguna ganancia para ellos con la vuelta a España…por unos u otros motivos, nadie tenía ningún interés en volver para quedarse.
Cuando se ha intentado en España poner coherencia en la política de inmigración, la lógica más evidente indicaba que se debía dar paso libre a los necesarios, es decir, aquéllos que fueran capaces con sus habilidades de hacerse un hueco en una sociedad que requería esas habilidades y, de esta forma, llegar a una situación de ganancia para ambas partes: Para el inmigrante y para el país que lo recibe. Ésa es exactamente la lógica que ahora están aplicando otros países cuando, por ejemplo, reclaman ingenieros o médicos en España para trabajar en países extranjeros. La falta de perspectivas en su propio país hace que cada vez sean más los que estén dispuestos a dar el paso y, una vez dado, si logran una situación estable, ven que hay otros mundos no necesariamente peores que éste y se adaptan a ellos, hay que dar su regreso por descartado.
Los que contemplan la situación desde la óptica macroeconómica afirman que el endeudamiento es tal que va a afectar a nuestros nietos. Es posible que no. Es posible que muchos de nuestros nietos nazcan ya fuera de España y, si no es así, marchen al inicio de su vida adulta y produzcan y paguen impuestos en otros países. Naturalmente, quien se va es quien se puede ir, es decir, quien tiene algo que ofrecer y encuentra alguien que se lo quiere comprar. Aquí se quedarán los golfos con coche oficial o sin él, los que hayan conseguido un nicho que les permita sobrevivir -y eso mientras no les toquen demasiado las narices- y los parados sin posibilidades en el exterior.
Ése es el panorama que tenemos. Mientras los políticos les ríen las gracias a los “indignados oficiales”, está habiendo una revolución mucho más discreta: La de los que, como Santa Teresa, sacuden las zapatillas para no llevarse con ellos ni el polvo. En este caso, las zapatillas pueden ser unas Nike o unas Reebok y tienen poco polvo porque los aeropuertos suelen estar limpios pero el efecto es el mismo y produce empobrecimiento a medio y largo plazo, un empobrecimiento que nadie se ha molestado en cuantificar.
Sitios de pago para encontrar trabajo: El caso Experteer #buscartrabajoporinternet
Hace un tiempo publiqué un post preguntando quién pagaría por encontrar trabajo y tocaba, de pasada, el caso Experteer.
Con ocasión de la publicación del libro “Buscar trabajo por Internet”, Carlos Arriaga, directivo de Experteer me ofreció la posibilidad de escribir algún artículo para ellos y le manifesté las dudas que tenía sobre el modelo de negocio de Experteer. Expresamente le solicité permiso para publicar el intercambio de mensajes que tuvimos acerca de este tema y aceptó. Lo que viene a continuación es un intercambio de preguntas y respuestas que -espero- sirva para clarificar al lector lo que ofrecen servicios como el de Experteer. Sólo me queda, para finalizar antes de pasar al intercambio, agradecer a Carlos Arriaga su transparencia y el hecho de no haber eludido preguntas incómodas:
Evaluación de rendimiento: Usos y abusos
Hace pocos años, tuve el dudoso honor de ganarme un enemigo por el simple procedimiento de realizar una pregunta. La pregunta no fue del estilo “¿con cuántos señores mantiene relaciones la madre de usted además de con su padre?” pero su destinatario la tomó como si hubiera sido algo así. Sin embargo, era una pregunta referida a una evaluación de rendimiento, sencilla en su formulación pero que escondía, poco, una reducción al absurdo de la posición que mantenía la persona en cuestión.
La situación era la siguiente: La empresa disponía de un sistema de gestión por competencias y el máximo directivo de un área funcional quería utilizar tal sistema como única y exclusiva forma de evaluación de rendimiento. Existía un problema: El coste del área funcional representaba, en términos porcentuales, algo más del doble de lo que esa misma área representaba en empresas competidoras. Por mi parte, sabía que un sistema de gestión por competencias sin referencia externa podía transformarse, por bien diseñado que estuviera, en una quiniela a rellenar en función de resultados decididos a priori, o sea, el disfraz por excelencia de la arbitrariedad. El directivo también lo sabía y por eso lo defendía.
Puesto que el directivo se había enrocado en su posición de “sólo evaluaré rendimiento utilizando competencias” y se negaba a buscar medición alguna de resultados, llegó la pregunta:
“¿Quieres decir que, en ausencia de un sistema de gestión por competencias, no tienes forma de saber quién funciona bien, quién lo hace mal y por qué?”.
Después de un incómodo silencio, no contestó a la pregunta sino que siguió insistiendo en las grandes dificultades de evaluar resultados y, a partir de ese momento, procuró evitarme y prefirió enviarme esbirros. Las posiciones habían quedado demasiado claras. No era, desde luego, la primera vez que me encontraba con el fenómeno de la ingeniería reversa en recursos humanos: La primera vez, y ya hacía bastante tiempo de eso, se presentó en una ocasión en que un Director General nos facilitó una lista de salarios pretendiendo que “ajustásemos” un proceso de valoración de puestos de forma que, casualmente, salieran los valores salariales de la lista que nos había facilitado. En esta ocasión, se trataba de un fenómeno parecido: Alguien que se considera el dueño del cortijo y quiere seguir manejándolo como tal. Si encuentra un sistema que le permite disfrazar el hecho, el sistema le vale; si se busca un sistema que no se lo permita, el sistema no le vale. No hay más.
Una posición de consultor permite ciertos lujos pero, ante casos así, un director de Recursos Humanos con vocación de supervivencia puede preferir sintonizar las antenas con las corrientes de poder y, si así le interesa, vender la aceptación del sistema de competencias como un avance cuando, en realidad, se había llegado a un callejón sin salida. Naturalmente, esto puede servir para evitar enfrentamientos inconvenientes pero, al mismo tiempo, la función de Recursos Humanos y su director ganan unos cuantos puntos en descrédito y se hace difícil pedirles a otros que se tomen en serio la evaluación de rendimiento cuando este tipo de movimientos dejan en evidencia la escasa seriedad que están poniendo sus artífices.
Al final, una evaluación de rendimiento no puede convertirse en un trámite vacío a cubrir cada cierto tiempo sino que requiere cuatro condiciones: Validez, Efectos, Objetividad y Motivación.
La validez podríamos denominarla también relevancia: Medimos cosas que tienen una relación clara con el rendimiento y con el trabajo puesto para conseguirlo. Hay quien confunde la validez con la objetividad y, sin embargo, no tienen nada que ver. Yo puedo decirle a alguien: “Te subiré el sueldo si el día del solsticio de verano llueve”. La medida es, desde luego, objetiva puesto que puedo determinar con claridad si ese día concreto ha llovido o no pero, salvo que el puesto sea de meteorólogo y la condición haga referencia al acierto de alguna previsión, pocas condiciones más se me ocurren bajo las cuales una medición como ésa, claramente objetiva, sea al mismo tiempo válida. Pensemos primero en las cosas que necesitamos medir y, más tarde, planteémonos cómo lo medimos y hasta qué punto la forma de medición no está sujeta a subjetividad alguna.
En cuanto a los efectos, podemos decir que una condición necesaria para que la evaluación de rendimiento tenga algún valor está en que, como consecuencia de sus resultados, ocurra algo y que ese algo sea conocido previamente por todos, es decir, tiene que haber unas reglas del juego claras, conocidas y respetadas. De hecho, una buena razón para no realizar una evaluación de rendimiento consiste precisamente en que no se vayan a derivar resultados de ella.
La objetividad es una de las condiciones siempre consideradas básicas en la evaluación de rendimiento. Sin embargo, si hay alguna característica sobrevalorada, es precisamente ésta. Es cierto que es una meta a la que acercarse lo más posible pero también lo es que hay situaciones que dificultan la consecución de medidas totalmente independientes del sujeto. Sin embargo, antes de proseguir una lucha a ultranza por la objetividad, habría que considerar dos cosas: En primer lugar, nunca se puede sacrificar la validez en favor de la objetividad; es decir, no se pueden escoger indicadores fáciles de objetivar a costa de una pérdida de validez o, en la tradición de la falacia McNamara, medir lo que es fácil de medir en lugar de medir lo importante. En segundo lugar, hay situaciones donde la subjetividad es importante: Si alguien no se siente a gusto con un tercero ¿vale la pena hacer una especie de psicoanálisis para determinar por qué o el hecho mismo de no estar a gusto puede ser motivo suficiente como soporte de una decisión? En el ámbito político se habla de puestos “de confianza” pero en el empresarial, aunque no se utilice la denominación, el fenómeno es idéntico y hay algunas relaciones profesionales que exigen cierta compatibilidad en el nivel personal. Cuando ésta no se da, averiguar por qué puede no tener excesivo interés y la opción correcta puede consistir en aceptar la subjetividad.
En cuanto a la motivación, dos consideraciones: Ciertamente, la evaluación tendrá efectos sobre la motivación si tiene unos efectos organizativos claros y conocidos, en carrera profesional, en salario o ambos. Sin embargo, se dan situaciones organizativas muy cerradas donde tales efectos no existen y, a pesar de ello, la percepción de la persona evaluada de que su trabajo no es invisible, tiene un carácter motivador. Naturalmente, este efecto no se produce si la evaluación se reduce a un formulismo periódico vacío.
En suma, la evaluación de rendimiento no es un tema sencillo. Implica un esfuerzo por darle valor refiriéndola a asuntos relevantes, estableciendo efectos y, sobre todo, poniendo el mayor esfuerzo en evitar una de las mayores injusticias que se pueden cometer: No tratar de la misma forma a los que tienen comportamientos diferentes.
Valores y pragmatismo en la gestión política: Crónicas de “Muymuylejano”.
Un partido político importante del país Muymuylejano decide que su principal objetivo es alcanzar el poder y, una vez que lo tenga en su mano, llega el momento de poner en marcha sus programas de acción. Su acción está dirigida por el más puro pragmatismo al pensar que, si no consigue el poder, no tendrá posibilidades de conseguir una sociedad dirigida por sus valores y, por tanto, entiende que es mejor aparcar discretamente los valores en favor de la pura búsqueda del poder.
Como consecuencia, dirige su acción a buscar los caminos de menos resistencia. Está utilizando un modelo de gestión del cambio que, hace años, fue presentado por el profesor de Harvard, Michael Beer y continúa siendo uno de los mejores modelos en este terreno. Beer recomienda no afrontar directamente las resistencias sino ir rodeándolas de forma que el proceso de cambio vaya adquiriendo fuerza y reservarse para el momento en que se esté en condiciones de vencer las resistencias que aún no hayan desaparecido. Los aprendices de brujo de nuestro partido han decidido que ésa es la línea correcta y se aplican a ella con esmero.
Nuestros aprendices de brujo también saben que, en el ámbito empresarial, el modelo de cambio de Beer es probablemente mucho mejor que otros modelos mucho más directos como la reingeniería pero tal vez han adoptado para el ámbito político de forma demasiado acrítica el modelo:
Sentarse a ver pasar el cadáver del enemigo implica el riesgo de que, si no se miden bien los tiempos y sobre todo los apoyos, el cadáver que pase primero acabe siendo el propio. La opción pragmática implica rehuir el enfrentamiento y dar un paso atrás cada vez que se produzca una situación en la que ese enfrentamiento parece inevitable. Cuanto más bochornosa sea la situación, más crece la desconfianza de los propios y, aunque si los adversarios son suficientemente ineptos, dejarlos es una forma de permitir que se vayan desgastando ellos solos, rehuir el enfrentamiento desgasta también al que sigue esa línea.
Los viejos partidos marxistas funcionaban con la lógica de “cuanto peor, mejor” como forma de provocar una revolución para hacerse con el poder. Sin embargo, el ciudadano no politizado y que pensaba en salir del infierno presente en lugar de soñar con el paraíso futuro puede hacerse varias preguntas razonables:
- ¿Por qué has permitido ese nivel de deterioro?
- ¿Qué garantías tengo de que, en caso de que llegues al poder, mantendrás los valores que dices defender cuando no lo has hecho cuando no estabas en el poder?
- Si, una vez en el poder, continúas con el camino de menos resistencia ¿no permitirás que el poder real lo tengan tus adversarios?
- En ese camino de menos resistencia ¿te has quitado de encima a personas que no estaban de acuerdo con él y pretendían actuar de acuerdo con unos valores?
- ¿Has dado ejemplo o has permitido conductas corruptas en tus allegados porque no te podías permitir el lujo de perderlos?
- En suma, si llegas al poder ¿qué garantías tengo de que tu única finalidad no será mantenerte en él y seguirás ignorando los valores de referencia de tu organización?


