“El liberalismo no es pecado” de Rodríguez Braun
Para definir un libro como éste, conviene violar una de las reglas de la definición, la de definir las cosas por lo que son y no por lo que no son: Pues bien, “El liberalismo no es pecado” no es un libro que salga tratando de aprovechar la estela mediática de su autor y sin que aporte nada al debate. Si su autor se llamase Pepe Pérez en lugar de Rodríguez Braun y no fuera un habitual de los medios de comunicación, el libro seguiría siendo igualmente valioso como elemento de debate, tanto si se está de acuerdo con el 100% de sus planteamientos como si no es así o, más aún, incluso en el caso de estar en contra del 100% de sus posiciones.
Quizás haya que criticarle la lentitud para entrar en materia. No se puede ser todo para todo el mundo y Rodríguez Braun da la impresión de haber cogido de la mano a alguien que no tenía la más remota idea de economía y llevarle a terrenos cada vez más complejos hasta mostrarle en su totalidad una posición que, sin duda, podríamos definir como liberal a ultranza. Al actuar así, asume un riesgo de cara al lector: Que éste acabe pensando que se trata de un libro de introducción a los temas más básicos y no siga leyendo. Estuvo a punto de ocurrir así en mi propio caso.
Transcurridos los capítulos iniciales de travesía en el desierto, el autor comienza a desgranar argumentos que podrían enlazar perfectamente con otros textos de autores liberales como Thomas Sowell, tanto en el terreno puramente económico, “Basic Economics”, como en el social como “Race and Culture” y en el político con “The vision of the anointed”.
Para cualquier lector de Sowell, la argumentación de “El liberalismo no es pecado” en este terreno no resultará nueva y el aprecio o falta de él estará más referida a la claridad de exposición -excelente- que al núcleo del argumento que es el mismo en ambos casos.
La parte genuinamente suya y que, por sí sola, podría justificar la lectura del libro comienza cuando pasa del terreno general al particular y explica por qué se produjo la crisis de 2008, cuál ha sido el papel de los gobiernos, bajo qué tipo de falacias están operando, cuál es y cuál debe ser el papel del Estado y, en suma, dónde nos encontramos ahora y cómo y por qué hemos llegado hasta aquí.
En este último punto, se encuentra algún elemento susceptible de discusión incluso desde posiciones liberales: El autor comenta que la crisis no se produce por falta de regulación y que, de hecho, existe tal cantidad de regulaciones que no hay nadie que las conozca todas y es imposible desenvolverse en un bosque como ése. Puede aceptarse, porque es verdad, que existe una enorme cantidad de regulaciones pero eso no significa que tales regulaciones caminen en la dirección adecuada y, por ello, no puede aducirse la cantidad como prueba de que no está ahí el problema.
Un clásico como Hayek parecía, en este terreno, tener una posición menos extrema: Las regulaciones deben estar ahí para garantizar que todos están sujetos a las mismas reglas -no para tratar de orientar resultados en uno u otro sentido- y para conseguir que haya claridad en el mercado. Claridad significa que quien compra o vende sabe qué está comprando o qué está vendiendo. Si volvemos a la crisis de 2008, no podemos olvidar que muchos de los inversores en Lehmann Brothers no eran inversores que buscasen alta rentabilidad y asumiesen alto riesgo sino que buscaban inversiones seguras. Cuando los gestores de esas inversiones se encontraban con una triple A que se estuvo manteniendo casi hasta el momento mismo de la quiebra, estaban actuando correctamente de acuerdo con la información de que disponían. ¿Realmente es sostenible que las regulaciones no tienen nada que ver con los motivos de la crisis?
Cierto que no es el único -aunque no creo que pueda negarse su papel- y el autor entra a fondo en otros temas clave como, por ejemplo, las prácticas bancarias, cómo y por qué han evolucionado así esas prácticas y cómo y por qué era de todo punto previsible que una crisis como ésta estallase.
Para concluir, las partes dedicadas a las etiquetas de la onda políticamente correcta y a cómo se venden determinadas barbaridades para justificar recortes en la libertad individual me recordaron a otro libro y otro autor, “El conocimiento inútil” de Revel y la frase con que lo abre: “La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira”.
En suma, muy recomendable aunque si alguien, medianamente informado, se salta los dos primeros capítulos no pasa absolutamente nada. Podrá dedicarles más tiempo y atención a los siguientes y le valdrá la pena.
“Thinking fast and slow” de Daniel Kahnemann
Kahnemann es el primer psicólogo que consigue un premio Nobel y la lectura de este libro daría para pensar que puede que hubiera motivos para ello. Pongámoslo primero en contexto:
Desde el ámbito de la economía, siempre se ha afirmado que el hombre actúa de modo racional y buscando siempre el mayor interés. Esta idea de homo oeconomicus, conocida en el ámbito sajón simplemente como econ es, en ultima instancia, la que justifica el concepto liberal de organización social que, muy reducido, vendría a decir algo así como “Señor Gobierno; métase en sus asuntos, déjeme decidir y encárguese sólo de garantizar que las reglas son las mismas para todos”.
Una vuelta de tuerca o, si se prefiere, una modernización del concepto econ apareció con textos como Freakonomics y otros similares aparecidos en la misma época. En estos casos, los autores mostraban cómo conductas que parecían no responder al patrón del econ resultaba que, en última instancia, sí respondían porque se trataba de situaciones donde la estructura de refuerzos no era evidente. Era la falta de visibilidad del refuerzo lo que llevaba a atribuir irracionalidad a una conducta que era perfectamente coherente.
En paralelo con esta tendencia, había otra discusión bastante generalizada: Hasta qué punto era posible convertir la racionalidad del econ en algoritmos que permitiesen su procesamiento por una máquina haciendo que ésta pudiera tomar decisiones equiparables si no mejores que las tomadas por una persona. Esta discusión se ha abierto en dos líneas principales a las que, por darles algún nombre, podríamos denominar “centradas en el procesador” y “centradas en el proceso”.
Las “centradas en el procesador” han tratado, sobre todo, de mostrar la existencia de capacidades humanas imposibles o extremadamente difíciles para una máquina. Algunas capacidades son de tipo físico como, por ejemplo, atrapar una pelota al vuelo mientras que otras son de tipo mental e implican una capacidad de proceso paralelo inaccesible a una máquina, si bien es cierto que la rapidez en el procesamiento secuencial a veces es un buen sucedáneo.
Las “centradas en el proceso” han tratado sobre la información contextual que añadimos a cada decisión y que nos hacen tomar cualquier decisión con una cantidad de datos mucho mayor de la que normalmente introduciríamos en un algoritmo. Éstas son las que han dado lugar a que se hable de conceptos como intuición o procesamiento heurístico y han tenido numerosos defensores que mostraban situaciones de decisiones sencillas para una persona pero no tanto para una máquina, precisamente por todos los elementos contextuales que había en la decisión.
Es en este punto donde entra Kahnemann: La idea central de Kahnemann podría resumirse en que el funcionamiento del econ no describe cómo son realmente los mecanismos conductuales porque, efectivamente, hay un procesamiento heurístico. Sin embargo, ese procesamiento heurístico que nos puede haber dotado de una serie de ventaja evolutivas, también introduce un conjunto de sesgos en las decisiones, algunos de ellos de gran importancia.
El libro es simplemente una recopilación de modelos con ejemplos de situaciones, de la vida real o de laboratorio, en los que se muestra cómo la decisión tomada es incorrecta. Muchos de los ejemplos, como mostrar que no hay simetría en las decisiones para un mismo nivel de probabilidad dependiendo de que se trate de un evento positivo o negativo, son sorprendentes y tienen aplicaciones directas como la explicación de por qué se compran pólizas de seguros y cuánto puede estarse dispuesto a pagar por ellas o por qué entre una imagen y una probabilidad prevalece la imagen en la decisión.
Quizás uno de los fenómenos más interesantes que apunta Kahnemann es el hecho de que podamos responder a algo distinto de lo que se nos pregunta sin ser conscientes de ello. Simplemente hemos buscado algo más fácil de responder y, al hacerlo así, hemos respondido a otra cosa. En el ámbito de recursos humanos, un ejemplo claro se produce cuando “rendimiento” se equipara a “resultados” por ser éstos más fáciles de medir, a pesar de que en los resultados podrían influir más elementos además del rendimiento y este último es más difícil de operativizar.
Todos los modelos que va mostrando los agrupa en lo que llama un “Sistema-1″, rápido, sujeto a sesgos y que no admite desconexión y un “Sistema-2″ racional, secuencial pero bastante indolente para tomar el control del “Sistema-1″ lo que, a veces, conduce a que se produzcan decisiones inadecuadas. Incluso cuando toma el control el “Sistema-2″, el “Sistema-1″ sigue funcionando y eso tiene sus efectos. Si utilizamos una ilusión muy conocida, la de Muller-Lyer, y preguntamos cuál de las dos líneas es más larga, el experimento es tan conocido que casi cualquiera contestará que son iguales…pero no por ello dejará de ver una más larga que la otra. Cuando se trata de algo menos inocuo como, por ejemplo, una imagen relativa a nosotros mismos que pueda ser desagradable o perturbadora, haremos lo posible por quitárnosla de encima…por ejemplo, comprar un seguro.
Muy interesante tambien el tema de las “historias de vida” y de la preferencia por construir una buena historia antes que disfrutar el momento. Muestra bastantes ejemplos pero bastará uno, presentado en forma de pregunta, para dar una idea:
¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por unas vacaciones maravillosas en las que te prohibieran llevar cámara y, al final, te dieran una pócima que te hiciera olvidarlas por completo?
El ejemplo es bastante bueno para ilustrar el punto, punto que lleva a temas como la experiencia del dolor y qué lecciones podían extraer los médicos donde tengan algún margen de acción para su graduación, teniendo en cuenta que el recuerdo es peor que el sufrimiento inmediato. Incluso menciona el caso de las personas con Alzheimer como alguien que siente pero que, al no recordar, no genera historia.
Se podrían multiplicar los ejemplos pero, para cualquiera que esté en alguna medida interesado en la psicología humana, hay un consejo claro: Léelo.
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“Maldito karma” de David Safier: Un plagio divertido
El argumento del libro es un plagio descarado de “La vida y la muerte me están desgastando” de Mo Yan: Una persona muere y se reencarna en diversos tipos de bicho manteniendo memoria de sus vidas anteriores y encontrándose siempre con los personajes del entorno de su primera vida. Hasta aquí, los dos libros coinciden punto por punto y de ahí que la denominación de plagio no parezca exagerada en absoluto. A partir de aquí, algunas diferencias en las que radica la diversión:
El libro de Mo Yan está ambientado en la China rural, ambiente extraño para el lector occidental y con una cantidad de personajes con nombres pocos familiares y que se hacen difíciles de seguir; el de Safier está ambientado en la Alemania actual. La protagonista se encuentra con otros personajes reencarnados en forma animal y que se reconocen entre sí como tales reencarnados; entre los personajes que se encuentra destaca Casanova, con el que traba amistad a través de una serie de reencarnaciones sucesivas en hormiga, en lombriz, en cobaya…
En resumen, un libro divertido para el verano cuando no apetece leer cosas de más calado pero que ha tomado prestada la idea central del escritor chino, Mo Yan. Para que luego digan que son los chinos los que copian.
Principio de Dilbert: Scott Adams nos engañó y Zapatero es la prueba
Las viñetas de Dilbert siempre resultan divertidas y hay algunos dichos ingeniosos y no exentos de verdad como el “Todos somos imbéciles; afortunadamente no todos lo somos para las mismas cosas y al mismo tiempo” y que, si no son una verdad completa, es porque sí se puede identificar a individuos que son imbéciles para todas las cosas y todo el tiempo pero eso daría para una larga discusión.
Adams nos decía que todo trabajador inútil es desplazado al sitio en que menos daño puede hacer, es decir, a la dirección de la empresa y ahí es donde nos engaña. En estos días en que en España se reclama que se adelanten aún más las elecciones porque no se aguantan cuatro meses escasos más de incompetencia absoluta está claro que Adams se equivoca en su afirmación.
Zapatero quería pasar a la historia e incluso en algún momento pensó que conseguiría el premio Nobel de la Paz. Lo segundo no lo conseguirá; lo primero sí. Lo suyo acabará siendo un caso de estudio que dejará pequeña a la parodia de Forrest Gump. Hasta hace poco más de tres meses, hablar de la incompetencia del personaje suponía que le echasen los perros a alguien con la ominipresente acusación de “facha” pero hoy es algo que es plenamente aceptado entre los miembros de su propio partido. La pregunta a contestar, y que será la que haga pasar a Zapatero a la historia, es cómo es posible que un personaje como éste llegase a la presidencia del Gobierno y, además, fuera reelegido.
¿Por qué llegó a la cabeza de su partido? Dentro del PSOE había mucha gente con ganas de quitarse de encima el padrinazgo de Felipe González. El intento de Borrell no funcionó porque el aparato felipista maniobró para echarlo pero Almunia seguía siendo visto como una continuidad y el candidato principal que tuvo enfrente Zapatero, es decir Bono, también. Por añadidura, Pascual Maragall tenía interés en contar con alguien con el menor peso posible en la dirección nacional para poder maniobrar a su antojo y, aún así, teniéndolo todo a su favor -Maragall y el intento de quitarse de encima a la vieja guardia felipista- Zapatero le ganó las primarias a Bono por nueve exiguos votos.
Es aquí donde empieza lo auténticamente grave: Una vez que alguien ha sido coronado, la disciplina interna entendida como funcionamiento a toque de corneta o, como decía Alfonso Guerra, como “el que se mueva no sale en la foto” hace que al personaje se le adorne de todas las virtudes imaginables ignorando para ello de la forma más grosera una realidad que, desde bastante antes de llegar al Gobierno, decía cosas muy distintas sobre el hasta hace poco glorificado personaje.
Después de esto, otra carambola que tiene aún muchos puntos oscuros: El 11M y su pésimo manejo por el Gobierno de entonces llevó en volandas a Zapatero a la Moncloa. Cuatro años de inacción económica y de guiños “progres” después, se negaba la existencia de una crisis y la eficacia mintiendo de un Solbes tuerto frente a un Pizarro que analizaba la situación de forma correcta pero con pocas tablas políticas le sirvió para ganar de nuevo unas elecciones con el absurdo “Defender la alegría” de sus partidarios del mundo del espectáculo, ahora muy calladitos.
Setenta años después, los alemanes todavía están horrorizados de pensar en que gente normal pudo elegir a Hitler y aceptar pasivamente todas las salvajadas que pudo cometer. Probablemente en España, todos -incluyendo a los miembros y dirigentes del partido de Zapatero- se preguntarán durante mucho tiempo cómo no cortaron la situación cuando, desde el principio, fue visible que el personaje no tenía ni los conocimientos ni la experiencia ni la inteligencia mínimos que se requerían. Eso, sin entrar en análisis más detallados.
En suma, Scott Adams nos engañó y la consecuencia es un “Que se marche ya” cada vez más fuerte y desde todos los lados, incluyendo a los que en mal día lo trajeron.
“The Future of Power” de Joseph S. Nye, Jr o la diferencia entre “soft power” y el panfilismo
El soft power es la expresión de moda para reflejar el tipo de poder que no está apoyado sobre el poder militar del Estado. En su libro, Nye muestra como en el momento actual el poder está muy distribuido y el coste del poder militar hace virtualmente imposible su utilización si, al mismo tiempo, no se está apoyando sobre una percepción de legitimidad por terceros.
Los ejemplos del libro son numerosos e interesantes pasando por el error de Rusia en términos de soft power cuando se limitó a utilizar el poder militar para apoyar la independencia de dos regiones ex-soviéticas, o los esfuerzos desplegados por China y sus dificultades para compatibilizar éstos con su propio régimen político o el cambio de percepción de la intervención norteamericana en Irak tras el descubrimiento de hechos como los de la prisión de Abu Grahib o muchos otros.
Los argumentos son interesantes pero se echa de menos una contrapartida: El autor afirma que el uso de la fuerza no sirve de nada si, al mismo tiempo, no se logra transmitir la legitimidad de los propios motivos. Compro. ¿Y lo contrario? Ejemplo: Piratas somalíes secuestran un barco francés y los franceses deciden que eso no se hace y tiene que mostrarlo con hechos porque, si no es así, no son creíbles y volverá a ocurrir. Ejemplo contrario: Piratas somalíes secuestran un barco matriculado en las Seychelles y con parte de su tripulación española. El barco es presentado como “atunero vasco” y el Gobierno decide pagar el rescate. Al poco tiempo, se secuestra otro barco de parecidas características e incluso se renuncia a la posibilidad de capturar a los piratas tras el cobro del rescate. ¿Qué puede esperarse que vuelva a ocurrir?
Al final, el soft power se basa en la autenticidad pero, del mismo modo que la fuerza no es suficiente si la posición que hay detrás de ella no es percibida como legítima, el uso legítimo de la fuerza es en algunos casos la única forma que se tiene de acreditar que la posición que se defiende es auténtica y no de cara a la galería. No utilizarla no es una muestra de soft power sino de panfilismo. Una más.
Política actual y resonancias de “La araña negra” de Blasco Ibañez
He colgado un acertijo en Twitter aunque tiene trampa: En realidad es una invitación a leer “La araña negra”, único libro que he estado a punto de regalarle a un profesor en el supuesto de que me hubiera suspendido. El misterio se resuelve fácilmente: El profesor era jesuita y “La araña negra” no está precisamente inspirada en el Gesú ni, en general, en las inmediaciones del “Papa negro”.
La situación política que se ha planteado en España tras la designación de Rubalcaba con la permanencia de Zapatero en la presidencia del Gobierno me ha recordado inmediatamente a varios personajes del libro que, una vez más, invito a leer a quien no lo haya hecho. Los paralelismos son muy sencillos:
Durante toda la primera parte del libro, el protagonista es el “padre Claudio”, a cargo de los jesuitas en España con la ayuda de su aparentemente fiel “padre Antonio” al que confiaba todos sus secretos y sus ambiciones.
Cuando sus ambiciones llegaron muy lejos y fueron detectadas por otros, le enviaron desde Italia a Tomás Ferrari, quien llevaría el mando real de la Orden en España aunque, nominalmente, continuase estando a cargo de la misma el padre Claudio. Naturalmente, quien tuvo un papel clave en la delación y, después, como auxiliar de Tomás Ferrari fue el “fiel” secretario, es decir, el padre Antonio.
Durante un tiempo todo funcionó así. El mando real lo tenia Tomás Ferrari, el segundo en el mando aunque de una forma muy poco visible era el padre Antonio mientras el padre Claudio, teóricamente la persona al mando, era una figura puramente testimonial para que en el exterior no se notasen los cambios que se habían producido. El padre Claudio comenzó a temer por su vida y llegaría el momento en que se comprobaría que tenía buenas razones para ello: Como no confiaba en nadie y temía ser envenenado, sólo encontraron una forma de envenenarlo y ésta no podía ser otra que el vino de misa.
Como es fácil de suponer, después vinieron las grandes exequias y, ante el luctuoso e imprevisible hecho de que el padre Claudio había muerto, se consolidó el proceso quedando formalmente a cargo de la Orden Tomás Ferrari y su fiel -aunque con fidelidad cambiante- padre Antonio.
Creo que no se necesita mucho mas para sacar paralelismos con personajes del Gobierno actual: El “padre Claudio” ha cedido el mando a Tomás Ferrari y ha conseguido esquivar la primera copa de veneno quedándose nominalmente a cargo de la Orden. ¿Para cuándo la siguiente? ¿Qué acontecimiento se utilizará como oportunidad para hacérsela tragar y organizarle las exequias? Lo que sí está claro es que no le van a dejar que se tome unas vacaciones de un año y, menos aún, le van a permitir que ejerza su teórica función.
“La transición de cristal: Franquismo y democracia” de Pío Moa
Debo empezar diciendo que Pío Moa no está entre mis analistas favoritos de la historia reciente por la sensación en más de un libro de que se ha pasado de frenada. Sin embargo, este libro tenía como atractivo un prólogo de Stanley Payne, para muchos el mejor hispanista vivo, y un capítulo final del propio Moa que fue lo que me decidió a comprarlo, donde en 21 puntos hace un magnífico análisis de la transición al que sólo le pondría un par de “peros” menores.
Stanley Payne raramente decepciona cuando habla de historia de España por ese visible esfuerzo en mantener la objetividad, que no la equidistancia, que caracteriza a todos sus libros. En este caso, pone el dedo en la llaga sobre el simple hecho de que en el momento de la muerte de Franco no había fuerzas democráticas españolas importantes: Casi todos los grupos de la oposición de izquierda o de nacionalistas eran aproximadamente tan autoritarios como Franco y algunos aún más totalitarios. Absolutamente cierto: En una especie de pirueta conceptual, parecía que estar o haber estado contra Franco acreditaba a alguien como demócrata, incluyendo bajo esa etiqueta a partidos abiertamente racistas entre otros.
Moa, por su parte, hace un buen resumen final en el último capítulo aunque, en algunas cosas, parece que se le va la mano. En su intento de atacar a Zapatero, señala que Rodríguez Zapatero ha afirmado que su partido mantiene íntegras las viejas tradiciones, lo cual ayuda a entender sus movimientos anticonstitucionales recientes. Claramente, Moa se está refiriendo al comportamiento del PSOE en la etapa previa a la Guerra Civil y su responsabilidad sobre el estallido final de ésta y a cuestiones como el comentario de su fundador, Pablo Iglesias, en el sentido de que respetarían la legalidad como medio para conseguir el poder pero, si no lo conseguían por esa vía, se la saltarían. Sin embargo, es sumamente dudoso que Rodríguez Zapatero tenga el conocimiento de historia necesario para conocer esos detalles y es más que probable que toque de oído y piense que su partido es “demócrata de toda la vida”.
Otro aspecto dentro de este resumen que puede ser discutible es la importancia que concede a la Ley de Memoria Histórica, como motor de una revisión que intenta conectar la época actual con la República de pre-guerra, bajo el supuesto de que aquélla era una situación democrática a la que se ha de volver. Lo cierto es que una gran mayoría de los españoles, incluidos muchos socialistas, ve tal ley como una patochada o una forma de intentar reescribir una historia que, afortunadamente, no le interesa o, al menos, no lleva la carga emocional que le quieren poner sus autores.
En lo demás, el capítulo de cierre que resume la evaluación de la transición es no sólo correcto sino brillante.
En cuanto al cuerpo central del libro, llama la atención la relevancia que Pío Moa le presta al GRAPO, mostrando el resto de los grupos, armados o no, opuestos al régimen como infiltrados por la policía a diferencia del GRAPO. Los que, en aquella época teníamos edad para darnos cuenta de algo aunque fuéramos muy jóvenes, recordamos el GRAPO como algo de muy escasa relevancia y digno de toda sospecha empezando por el nombre: Parece que, al poner el nombre de “Grupos Revolucionarios Antifascistas Primero de Octubre” a nadie se le ocurrió que Franco asumió el poder máximo el primero de octubre de 1937 y lo conservaría hasta su muerte. Casi tan significativo como haberlos llamado “Grupos Revolucionarios Antifascistas Dieciocho de Julio”.
Moa desmonta unos cuantos mitos históricos, comenzando por el en su época zaherido y después mitificado Adolfo Suárez pero se inventa algunos otros, relacionados sobre todo con la figura de Franco. Según Moa, Franco prestó un gran servicio a los aliados al mantener la neutralidad en la II Guerra Mundial y este servicio no fue adecuadamente retribuido. Incluso justifica la cercanía de Franco a Hitler señalando que, en aquel momento, Hitler aún no había comenzado los asesinatos en masa como sí lo había hecho ya Stalin. Quizás con la perspectiva de la época previa a la II Guerra Mundial puede haber cierta justificación para la cercanía con un personaje que, cuando se vio más seguro en su posición, cometió las atrocidades de todos conocidas pero tampoco olvidemos que Stalin fue sumamente hábil durante unos años ocultando crímenes e incluso es de su época el invento de las “aldeas Potemkin”, escenarios de cartón-piedra fabricados para mostrar a incautos visitantes occidentales lo bien que se vivía en la U.R.S.S. Los crímenes de Stalin habían comenzado pero no eran conocidos en aquella época.
En cuanto a la impagable ayuda de Franco a los aliados, dos matizaciones:
- Hasta bien entrada la II Guerra Mundial, la posición oficial de España no fue de neutralidad sino de “no-beligerancia”, es decir, alineación con Alemania pero sin entrar en guerra. Esto daría lugar, entre otras cosas, a que en las islas Canarias se recibiera a submarinos alemanes. A pesar de esto, hay un hecho cierto que Moa destaca de esa época y es la gran cantidad de refugiados judíos que huían de Hitler y fueron salvados de él por la España franquista de postguerra.
- La otra matización se refiere a un hecho muy simple: España estaba destrozada y su valor militar era completamente nulo. Hitler no presionó excesivamente para la entrada en la guerra de España porque sabía que, de hacerlo, tendría que desviar parte de sus recursos para la defensa de un teórico aliado que no tenía capacidad para defenderse por sí mismo. Más adelante, cuando las cosas se empezaron a torcer para Hitler, llegaría la época de posición española de neutralidad.
Al final, el libro sigue la constante de otras obras de Pío Moa: Un tremendo esfuerzo en desmitificar épocas, organizaciones y personajes de la historia española reciente. Teniendo en cuenta que hay una tendencia “oficial” encaminada a hacernos comulgar con ruedas de molino como los planteamientos democráticos de todo el que se opusiera a Franco, racistas y stalinistas incluidos, o presentar la II República como una época democrática rota por un golpe fascista, es un esfuerzo que se agradece. Sin embargo, lo que ya no se agradece tanto es que esa desmitificación venga siempre seguida por una conclusión ni necesaria ni cierta y es la revisión de la figura de Franco para convertirlo en una especie de ser sensible y preocupado casi en exclusiva por el bienestar de los españoles. Moa toca en el libro casos de corrupción como la situación en la etapa final de Felipe González o el Pujol de Banca Catalana. Sin embargo, cuando se trata de la época franquista, parece que toda la corrupción se redujo al caso Matesa y ciertamente estaba mucho más extendida.
Conclusión: Es una buena compra por sus magníficos prólogo y capítulo final. Para el resto, diremos casi como en el viejo anuncio del detergente Colón: “Busque, compare…y no compre al peso todo lo que está escrito”.
Crisis explicada sin pretenderlo: Umberto Eco en “El cementerio de Praga”
Umberto Eco es un autor raro: Tan pronto le sale un libro denso pero magistral como “El nombre de la rosa” como algo tan difícil de digerir como “El péndulo de Foucault”. Todavía no tengo catalogado “El cementerio de Praga” pero he encontrado el siguiente pasaje que no tiene precio:
Quede claro, querido Simone -le explicaba, habiendo pasado ya al tú-, que yo no fabrico falsificaciones, sino nuevas copias de un documento auténtico que se ha perdido o que, por un trivial accidente, nunca ha llegado a ser producido pero que habría podido o debido serlo…Jamás osaría cometer un crimen de ese tipo porque soy un hombre de honor. Claro que, si un enemigo tuyo aspirara a tu herencia y tú supieras sin lugar a dudas que el fulano no nació ni de tu padre ni de tu madre sino de una buscona de Odalengo Piecolo y que ha hecho desaparecer su certificado de bautismo para aspirar a tu riqueza; pues bien, si tú me pidieras que fabricara ese certificado desaparecido para confundir a ese malhechor, yo ayudaría, permítaseme la expresión, a la verdad, probaría lo que sabemos que es verdadero y no tendría remordimientos.
-Sí, pero ¿cómo sabría usted de quién nació de verdad ese fulano?
-¡Pues tú me lo dirías! Tú que lo conoces bien.
-¿Y usted se fía de mí?
-Yo me fío siempre de mis clientes, porque sirvo sólo a personas de honor.
-¿Y si, por casualidad, el cliente le mintiera?
-Entonces sería él el que pecaría, no yo. Si me pongo a pensar que el cliente puede mentir, entonces dejaría este oficio que se basa en la confianza.
¿Hablamos ahora de auditorías, agencias de calificación, calificaciones triple A y de todos aquellos que, de una u otra forma, justifican su presencia en el sistema certificando la veracidad de lo que dicen sus clientes? ¿No se parecen demasiado muchas organizaciones al personaje de Umberto Eco?
“The Future of Management” de Gary Hamel: Lecciones para la Administración Publica y para grandes empresas
Gary Hamel ha vuelto a hacer un gran libro a la altura de su ya clásico Compitiendo por el futuro. El libro es una enmienda a la totalidad dirigida hacia las actuales prácticas de dirección de las organizaciones y muestra algunos ejemplos como Wholefoods, Gore y Google de empresas que funcionan con distintos modelos de dirección.
Durante unos cuantos años les he llevado la contraria a los principales autores en el ámbito de la motivación, señalando que la principal fuente de motivación o desmotivación tiene un nombre: Significado. Cuando alguien percibe que su trabajo es importante y que hay una diferencia clara y visible entre hacer las cosas bien y hacerlas mal, ha encontrado la principal fuente de motivación que puede existir; por el contrario, cuando percibe su papel como el de una pieza insignificante dentro de un mecanismo indiferente a lo que pueda hacer o dejar de hacer…ahí tenemos la fuente de desmotivación y, andando el tiempo, del burn-out.
Simple e intuitivo ¿verdad? Además explica cosas: Explica por qué en muchas pequeñas empresas las personas pueden tener una motivación más alta que en grandes corporaciones, explica por qué cuando se habla de la ineficiencia de la Administración Pública, sigue habiendo mucha gente que prefiere ser operada en la Seguridad Social y, si tiene un incendio en su casa, llamará a los bomberos con la seguridad de que su caso recibirá la atención debida. ¿No son funcionarios tanto el médico como el bombero? ¿Cómo se compagina esa bonita canción tan apreciada por crítica y público del funcionario vago con la disposición a ser operado o atendido por un funcionario, incluso en presencia de otras opciones?
Muy sencillo: Tanto el médico como el bombero tienen la suerte de estar entre los pocos puestos que, por su naturaleza, tienen un acceso directo al valor de su contribución. Son puestos cuyos ocupantes pueden producir una diferencia visible para otros pero también para ellos. Naturalmente, la pregunta que sigue es: Si la percepción del significado de nuestras propias acciones puede hacer la diferencia entre motivación y desmotivación ¿por qué no procuramos diseñar organizaciones donde todos los puestos permitan que sus ocupantes observen en qué forma sus acciones son relevantes? Ésa es la precisamente la pregunta a la que trata de responder Gary Hamel.
Modas como el empowerment no funcionan por la sencilla razón de que, para empower a algunos hay que disempower a otros y es bastante dudoso que éstos se dejen: Hamel señala cómo es realmente difícil copiar la capacidad de innovación en management y cómo durante muchos años los principales fabricantes norteamericanos del automóvil han estado observando a Toyota sin que hayan sido capaces de reproducir sus resultados. No era tan difícil; simplemente se han quedado con lo anecdótico y han hecho bueno el dicho de “cuando el sabio apunta al cielo, el tonto mira al dedo”.
Puede decirse que hay tres grandes revoluciones, la última aún por consolidarse, en lo que se refiere al management: La primera vino de la mano de Frederick Taylor y su estricta separación entre planificación y ejecución; la segunda aparecería asociada a los sistemas de información y vino a profundizar en los efectos de la primera dando lugar a un nuevo tipo de taylorismo. Los sistemas de información rebajaron espectacularmente el coste de hacer disponible la información en distintos lugares y, con ello, rebajaron el coste de control facilitando una nueva centralización en la cúpula organizativa. La tercera revolución está viniendo de la mano de algunas organizaciones avanzadas y, como señala Hamel, está tomando como paradigma el funcionamiento de Internet.
Internet, en su versión web 2.0 ha introducido un cambio fundamental: No hay una división clara entre los que emiten y reciben información, división que sí se producía en la anterior configuración y que venía a reproducir un modelo clásico de organización. La web 2.0 dota a todos de voz y es su capacidad para ser escuchados la que define las posiciones de liderazgo; cierto que eso puede haber traído como subproducto indeseable una preocupación exagerada por los rankings y por las formas de engañar a los buscadores para situarse más arriba pero el principio permanece: Todo el mundo tiene una voz y una oportunidad para ser escuchado; el oscurantismo y la retención de información como fuente de poder no funcionan.
Las organizaciones analizadas por Hamel se basan en núcleos autónomos con una gran capacidad para decidir, con toda la información necesaria para tomar las decisiones y con unos indicadores de rendimiento muy claros tanto propios como comparados. Además de los núcleos formales existen otros informales y es de éstos de los que sale toda la capacidad de experimentación y de innovación de las empresas; de hecho el goretex salió de la observación por parte de Bill Gore de que Dupont no estaba aprovechando debidamente la capacidad de innovación que había en los miembros de la organización; más tarde, una vez puesta en marcha su propia empresa, aplicaría su conocimiento a la fabricación de un producto en principio tan ajeno a su mercado como las cuerdas de guitarra.
Ejemplos sumamente interesantes todos ellos y un mensaje duro: Sabemos qué es lo que funciona y sabemos qué es lo que no funciona; sin embargo, lo que no funciona aporta tranquilidad a aquéllos que tienen posibilidad de cambiarlo porque respeta su statu quo y su autoridad no es discutible. ¿Se pierden por el camino motivación y capacidad de innovación? Sin duda alguna; son daños colaterales que se llevan sufriendo tanto tiempo que forman parte del paisaje corporativo.
“Indignaos” o “Indignez vous” de Stephane Hessel: Contrapunto de Jean François Revel ( #democraciarealya #15m #indignados )
“Indignez vous” o “Indignaos” ha resultado un éxito editorial inesperado para un libro que, como su título indica, representa un puñetazo en la mesa y un “Basta ya” acerca de muchos de los males de que se ven afectadas la política y la sociedad actuales. Recuerda mucho, más por contraste y contigüidad que por semejanza, al puñetazo en la mesa de su coetáneo recientemente fallecido Jean François Revel, quien también estuvo en la Resistencia francesa y escribió “El conocimiento inútil”, casi con toda probabilidad su obra más notable de pensamiento político y destinada a ser un auténtico hito en cuanto a desenmascaramiento se refiere.
En un momento histórico en que muchos se tragaron la historia de que nazismo y fascismo no eran más que la política derechista llevada a sus últimas consecuencias, parecía lógico que alguien que hubiera estado en la resistencia contra los nazis acabase militando en partidos de izquierda y así ocurrió tanto con Hessel como con Revel, quien llegó a ir de candidato con Mitterrand. Sin embargo, con el tiempo empezarían a aparecer algunas identidades incómodas gracias a la obra, entre otros de Hayek y del propio Revel: Hayek hace un magnífico análisis sobre la génesis del nazismo y muestra en su “Camino de servidumbre” cómo y por qué el nombre -nacionalsocialismo- no es en absoluto accidental; Revel se sorprendería del escaso eco que se le dio a noticias inconvenientes como la cercanía a los nazis de George Marchais, secretario general del Partido Comunista Francés durante muchos años y la aplicación en la condena a los nazis por parte del mentor de Hessel, Jean Paul Sartre que, cuando se trataba de Stalin, prefería mirar hacia otro lado. Hechos descubiertos posteriormente como la atribución a los nazis de la masacre de Katyn, cuya autoría correspondió al ejército de Stalin, no harían más que certificar las tesis de “El conocimiento inútil”.
Es posible que, como dice el título del libro de Hessel, haya motivos para indignarse pero también es posible que la indignación la esté dirigiendo en la dirección equivocada. Cuando dirige su indignación hacia la cuestión palestina y la situación que se arrastra desde 1948, tal vez se le olvida a Hessel que la misma resolución de Naciones Unidas que creaba el estado de Israel creaba el estado palestino y que ese estado no existe porque los palestinos, mal aconsejados por los países árabes vecinos convencidos de que podrían echar al mar a los judíos, renunciaron. La indignación de Hessel contra los nazis parece que tampoco se extiende a sus aliados como, por ejemplo, el Gran Mufti de Jerusalén, tío de Arafat y que colaboró activamente con los nazis siendo uno de los grandes misterios de la historia por qué se libró de los juicios de Nuremberg.
Sin duda, hay motivo para indignarse contra los nazis pero Hessel, al igual que su mentor, pasa de puntillas sobre toda la historia de la Unión Soviética y, en particular, de Stalin. ¿No le merecen el mismo grado de indignación las hambrunas planificadas en Ucrania que los crímenes nazis? ¿No merece siquiera un recuerdo el hecho de que los dos grandes asesinos de la Europa del siglo XX, Hitler y Stalin, hubo un tiempo en que fueron aliados y que si dejaron de serlo fue por un cálculo incorrecto de fuerzas y no por un ataque de principios por parte de ninguno de ellos?
Podemos indignarnos contra los causantes de la última crisis pero ¿no tienen nada que ver en esto los reguladores financieros? Cuando Hessel hace un canto contra la avaricia de los poderosos, parece que se olvida de que hay alguien encargado de vigilar que se cumplan las reglas y que no cumplió con su trabajo. Si, por decreto, eliminamos al poderoso para dejarlo todo bajo el control del Estado ¿van a funcionar mejor las cosas o los desmanes se van a cometer de manera más silenciosa? Hayek, uno de los padres del liberalismo moderno, decía que el auténtico liberalismo no puede confundirse con la ley de la selva del “laissez faire” sino que era necesario regular y vigilar que todos cumpliesen las reglas y que éstas fueran las mismas para todos. La vigilancia ha fallado estrepitosamente y la receta de Hessel parece que consiste en ascender a máximo gestor del sistema a aquél que ha mostrado su incapacidad como vigilante.
Hessel tiene muchas papeletas para convertirse en un icono de aquéllos que se han quedado sin referencias y motivos para la indignación hay pero no parece bien dirigida. Hayek y Revel así lo entendieron y cambiaron su posición; Sartre y Hessel prefirieron ignorar los hechos que no encajaban con ella y, aunque no sean españoles, hicieron honor al viejo principio del arcipreste de Hita de “sostenella y no enmendalla”.



