“Physics of the Impossible” de Michio Kaku
Interesante idea: Physics of the Impossible trata de determinar qué partes de lo que hoy consideramos ciencia-ficción podrían ser posibles dentro de un tiempo y qué otras posibilidades se encuentran con una imposibilidad física que las convierte en imposibles ahora y para siempre. Aunque procedo de Letras, siempre me ha interesado la ciencia y la técnica y es posible que tengan algo de razón dos personas: Un amigo que se presentaba a sí mismo como ingeniero reconvertido en psicólogo y a mí me presentaba justo al revés y mi director de tesis que, en su momento, me invitó a presentar la tesis por ingeniería en lugar de hacerlo por sociología.
El caso es que, apoyándome en ese interés en la ciencia que viene de antiguo, he podido llegar a encontrarle al libro algún fallo en el planteamiento y a concluir que tal vez los imposibles eternos sean menos eternos de lo que supone el autor. Un ejemplo:
En la segunda película de la saga La guerra de las galaxias hay una escena en que Ioda, sólo con el poder de la mente, es capaz de sacar una nave que se había hundido en un pantano. El autor concluye que esto es una imposibilidad absoluta porque un cuerpo humano tiene una potencia total que está muy por debajo de un caballo de vapor y, se haga como se haga, esa potencia sería insuficiente para tal logro. La telekinesia, por tanto, sería imposible como tal aunque -matiza el autor- es posible que pueda hacerse a través de tecnologías capaces de proveer la potencia que le falta al mísero cuerpo humano y, a los ojos de un observador externo, la utilización de ese tipo de tecnología no sería distinguible de la telekinesia tal como se conoce.
Sin embargo, en la causa planteada para la imposibilidad hay algo que sorprende: De acuerdo; la potencia de un cuerpo humano es muy inferior a un caballo de vapor y, por ello, se supone que cualquier cosa que exceda de ese nivel es un imposible absoluto. ¿Estaría de acuerdo Einstein en esa limitación? Él mismo decía que una pequeña cantidad de materia se puede transformar en una enorme cantidad de energía. ¿Podría darse algún fenómeno de transformación de materia en energía del que no tengamos noticia hasta ahora? Hasta hace poco, parecía que la única forma de conseguir la fusión nuclear era mediante el calor producido por un proceso de fisión y, sin embargo, ya hay en marcha a ambos lados del Atlántico procesos alternativos y con un añadido: La fusión del hidrógeno puede proveer de energía a los enormes láseres necesarios para producir esa fusión y, de rebote, nos encontramos además con que se podría estar resucitando el viejo perpetuum mobile: La energía producida es suficiente para alimentar la fuente que la produce.
Ésta es una de las opciones pero, además, no es única. Aunque afirma que es imposible, Kaku adopta una cautela; la de un posible desarrollo tecnológico capaz de proveer la potencia que le falta al cuerpo humano. Sin embargo, volviendo al ejemplo de La guerra de las galaxias, Ioda se apoyaría en “la fuerza”, equivalente de esa supuesta tecnología futura utilizada como vehículo. Sin necesidad de plantear la hipótesis dualista más propia del ámbito religioso ¿somos todo lo que se ve o tenemos acceso a otros recursos? Aldous Huxley, agnóstico reconocido, no tenía ninguna duda al respecto sin necesidad de recurrir a entidad espiritual alguna.
Éste es sólo un caso de los muchos planteados en el libro y, como puede verse, da bastante para pensar si la imposibilidad está bien argumentada. El autor plantea tres tipos de imposibilidad: La primera, en la que no se rompe ninguna ley de la física pero la tecnología no ha llegado aún a una solución; la segunda, en la que se están bordeando los límites y, en caso de que sea posible, habría mucho tiempo por delante y la tercera se refiere a la imposibilidad radical. Sin embargo, a la hora de colocar un hecho en uno u otro tipo de imposibilidad, Kaku se apoya en un argumento muy discutible: Cuando miramos al pasado, no se conocían las leyes de la física y se consideraban imposibles muchas cosas que no lo son en absoluto -de hecho, el libro está salpicado de citas donde, entre otros, Kelvin se lució enunciando imposibilidades que resultaron no serlo- pero ahora, al parecer, sí conocemos esas leyes. ¿De verdad?
Pascal decía que el conocimiento es como una esfera que, cuanto mayor es, más puntos de contacto tiene con lo desconocido. Sin duda, los conocimientos actuales son muy superiores a los que se tenían hace un siglo pero es difícil que eso pueda significar que ha quedado cerrado algún capítulo en lo que a principios básicos se refiere. No hace mucho, en el ámbito de la biología, nos enterábamos de que uno de los principios que se consideraban claves -que toda posible vida estaba basada en la química del carbono- era violado por un microorganismo que se basaba en el arsénico y, por tanto, la posibilidad tanto tiempo rechazada de vida extraterrestre volvía a considerarse como viable…no porque se haya descubierto ningún organismo vivo de origen extraterrestre. Se ha descubierto algo mucho más sencillo: Que no tenemos ni idea y que lo considerábamos una condición básica para la existencia de vida resulta que no lo es. ¿Cuántos descubrimientos de ese tipo nos esperan?
Probablemente existan cosas radicalmente imposibles; sin embargo, tomar como punto de partida que ya hemos llegado a un conocimiento suficiente de las bases como para poder establecer cuáles son las cosas a considerar como imposibles absolutos es, como mínimo, aventurado. No obstante, el libro es interesante en cuanto a que representa un paseo por la situación actual de la ciencia, en particular de la física y de la ingeniería pero sus conclusiones hay que ponerlas entre paréntesis.
“Pirate Latitudes”: Obra póstuma de ¿Michael Crichton?
Los autores de éxito son como el Cid, que ganaba batallas después de muerto. Cualquier autor de best-sellers que se precie habrá dejado un libro listo para ser publicado; Mario Puzo llegaría al extremo de dejar varios y todavía siguen apareciendo manuscritos de Asimov pero ésta es la regla general: Un libro listo para publicar del que nadie sabía nada. Agatha Christie sería la iniciadora de esta costumbre cuando, en pleno uso de sus facultades, dijo que tenía en su caja fuerte una obra para ser publicada después de su fallecimiento. Tal obra era Telón donde mataba a su detective favorito, Hercules Poirot, y de esta manera impedía que alguien quisiera seguir sacándole provecho.
Pirate Latitudes responde a esa pauta rota casi en exclusiva por el autor de la trilogía Millenium cuyos problemas de herencia no parecían alentarla: Michael Crichton murió a una edad en que cabía suponer que todavía le quedaba bastante por escribir y Pirate Latitudes, siendo entretenida, tiene elementos que no encajan con el resto de su obra. Michael Crichton era un falso novelista que, bajo la apariencia de novelas, publicaba auténticos tratados de divulgación científica o tecnológica. Autores actuales con los que pueda establecerse un paralelismo hay pero no habría que buscarlos entre gente como el indocumentado -en su acepción más literal- Dan Brown sino en divulgadores como Bill Bryson aunque, eso sí, siempre manteniendo la apariencia de una novela.
Crichton llegaba hasta un punto en su esfuerzo de documentación que su libro Airframe establecía una situación ficticia en cuanto a tecnología aeronáutica que algunos pilotos de gran experiencia señalaban que era el único punto que habían encontrado que no era verosímil en el libro…y, sin embargo, era Crichton quien tenía razón. En Parque Jurásico, a partir de la ficción del DNA de dinosaurio conservado en ámbar, daba un auténtico tratado de nuevo disfrazado de novela, en State of Fear puede encontrarse una de las pocas novelas con más referencias científicas que un libro publicado por Harvard y, otra vez, bajo la apariencia de una horrible novela, se plantea qué hay de verdad bajo la idea del cambio climático; lo mismo ocurre en Presa donde habla de inteligencia artificial. Crichton ha sido un magnífio divulgador y un mal novelista.
Pirate Latitudes rompe esa pauta y eso es lo que puede hacer sospechar sobre su autoría. Cuando se refiere al rey español como Felipe, puede decirse que en España sólo ha habido un Felipe al que se pueda denominar así, sin apellidos, y saber de quién se está hablando: Felipe II. A partir de él, se entraría en lo que se conoce como los “Austrias menores” y siempre se especifica a qué Felipe se refiere el autor. Hunter, el corsario formado en Harvard protagonista de la novela, no pudo coincidir en el tiempo con Felipe II por la simple razón de que, cuando Harvard se fundó, Felipe II llevaba muchos años muerto. En todo caso, coincidiría en el tiempo con otro Felipe, Felipe IV, que no sólo nunca sería identificado como “Felipe” sin apellidos sino cuyo reinado estuvo mucho más centrado en Europa que en América.
Tampoco parecen propios de Crichton errores en el lenguaje por los cuales, en el original en inglés, introduce expresiones supuestamente en español que, además de llevar mezcla de francés, muestran un absoluto desconocimiento del español…o sea, algo muy parecido al Dan Brown de Digital Fortress y su absoluto desconocimiento de la Sevilla en que ambienta parte de la novela. Pirate Latitudes tiene todo lo que Crichton no era: Es una novela entretenida, y buena parte de las de Crichton son horribles, y tiene fallos de documentación que es difícil que se le hubieran pasado a Crichton. Si pensamos bien, tendremos que concluir que a la obra le faltaba bastante para ser publicada; si no lo hacemos, llegaremos a la conclusión de que una obra oportunamente encontrada de un autor recién fallecido es digna de toda sospecha.
“The Cobra” de Frederick Forsyth: La solución Forsyth al problema de la droga.
Para los incondicionales de Forsyth, una gran novela aunque no llegue a “Chacal” que podría considerarse con justicia como el techo del autor. En The Cobra Forsyth da su particular solución al problema del narcotráfico al igual que unos años antes lo había hecho Tom Clancy en su estilo de la América profunda.
Al dibujar a los “malos”, sin embargo, se nota que Forsyth no domina ese terreno como cuando el papel lo ejercen políticos, militares o espías. Los clanes del narcotráfico han quedado caricaturizados como algo a medio camino entre “El Padrino” y la “Spectra” de James Bond y, para algunos, el resultante del popurri podría acabar siendo el “Caos” del Superagente 86, Maxwell Smart. No es la parte más lograda de la novela. Por el contrario, en su descripción de los movimientos más propios del espionaje y de la tecnología militar es, como siempre en ese terreno, magistral.
No está claro por qué en lugar de introducir un presidente genérico de los Estados Unidos ha querido hacer claramente reconocible, aunque no lo nombre, la figura del actual presidente, al que empieza dibujando con rasgos casi heroicos en la defensa de sus principios y acaba colocando en la desagradable posición -tan habitual por otra parte- del político que renuncia a tales principios en favor de la conveniencia política y del resultado de las encuestas.
El conjunto resulta agradable de leer aunque la “solución” resulta totalmente utópica y más propia de un John Wayne con modales urbanos que de alguien que ataque el problema de verdad. Mientras estaba leyendo el libro, oi por primera vez en televisión algo referido a la droga que nunca había oído antes y no sé si volveré a oir en un medio público: Las primeras experiencias con la droga pueden ser muy placenteras e incluso, si se tiene suerte, lo pueden ser durante bastante tiempo hasta que empiecen a aparecer gradual o abruptamente los efectos negativos. ¿Resulta tan difícil de decir esto para atacar el punto clave, es decir, la demanda?
Todos los anuncios que podemos ver previniendo contra el consumo de drogas recuerdan bastante a la imaginería religiosa donde pinturas como las tentaciones de San Antonio dejan al espectador perplejo pensando qué tenían de tentador los engendros que ahí aparecen o las del propio Jesucristo que, cuando es tentado por el diablo, sorprendentemente no le contesta algo así como “¿De qué vas tú, mindundi? Ponte firme”. La información o las campañas sobre la droga han pecado del mismo defecto que la imaginería de las tentaciones: Olvidarse de la lógica más elemental. Cuando alguien prueba y no sólo no pasa nada sino que la experiencia le resulta de lo más placentera ¿no pensará que le han engañado? ¿no es por ahí por donde había empezar en lugar de heroicas campañas de espionaje y comandos militares en el estilo de Forsyth o en el menos refinado de Clancy?
Parece claro que no se está manejando bien la información a consumidores actuales o potenciales; tan claro como que las soluciones de Forsyth o Clancy no son tales soluciones sino que entran en un capítulo que tiene ya muchos libros y se podría denominar “social-ficción” más que meterlos en el cajón de sastre de narrativa donde todo cabe pero nada explica. Si se tiene claro que se está leyendo una obra de “social-ficción”, perfecto. Está bien escrita y se puede pasar un rato agradable. Si, por el contrario, se espera una reflexión de más calado sobre el problema de que trata el libro, no se va a encontrar.
Stephen King .vs. Marcial Lafuente
Dos escritores de éxito sin ningún punto en común:
Después de leer muchas obras de Stephen King, acabo de entender, al menos parcialmente, al autor. Stephen King tiene algunas obras de terror magníficas entras las que, al menos en mi opinión, destaca de forma especial El resplandor y hay otras obras como It en las que más bien parece que al bueno de Stephen King se le ha fundido algún fusible; sin embargo, hasta hace muy poco, siempre había creído que sus obras eran fantasía de principio a fin. ¿Cómo pensar, por ejemplo, en un hotel del tamaño del Overlook que cierra durante todo el invierno quedando totalmente aislado y en manos de un guarda sin más contacto que una radio? Cuando se ve un sitio como el de la imagen, lugar donde se firmaron los acuerdos de Bretton Woods, y otros parecidos que pueden encontrarse en la zona de White Mountains se acaba concluyendo que, a lo mejor, después de todo es posible.
Algo parecido ocurre con estas historias donde predomina el aislamiento en mitad de una tormenta invernal. Una visita a la zona norte de Massachusetts o a Maine mostrará unas playas inmensas que, en pleno verano, tienen un aspecto invernizo y que hacen pensar en cómo será el invierno para la gente que permanezca ahí. No digamos para los que, en lugar de estar al lado del mar, deciden quedarse a vivir en medio de un bosque posiblemente a kilómetros del vecino más cercano. En España, las descripciones de lugares y paisajes de Stephen King lo máximo que nos sugieren es un refugio de montaña o uno de los pocos fareros que quedan que, además, esté solo en el faro y en una isla pequeña; sin embargo, esas situaciones perfectamente descritas existen y, además, en gran cantidad.
Quien haya visto la película Kojanisqatsi de Coppola probablemente se habrá hecho una idea de Estados Unidos como país-colmena donde la gente vive hacinada. Nada más lejos que la realidad y, de hecho, lo que hace tan profunda la llamada huella ecológica del americano medio es ese estilo de vida aislado que practican bastantes millones entre ellos y que implica llevar todo tipo de servicios a lugares muy aislados y que, en sitios donde el clima es duro como la parte norte de la costa oriental -zona en la que ambienta la mayoría de sus novelas Stephen King- da lugar a situaciones de aislamiento total que no provienen de la fantasía del autor. Son meramente descriptivas.
Frente a un autor que describe lo que ve y, sobre esa base prepara una historia de terror fantástica, tenemos otro autor de gran éxito que llevaba a gala preparar una novela en media hora: Marcial Lafuente. Entre los forofos de Marcial Lafuente, éste era EL autor de novelas del Oeste ejerciendo los demás de meros sucedáneos. La idea de preparar una novela en media hora puede sorprender a cualquiera que no haya leído una de sus novelas; de hecho, si los procesadores de textos hubieran funcionado cuando Marcial Lafuente escribía novela tras novela, cabría pensar que una novela le podía suponer unos cinco minutos.
Sus “buenos” siempre extrañamente altos (seis pies y algunas pulgadas) y desgarbados, con unos caballos igualmente altos y desgarbados pero que, a la hora de la verdad, se mostraban ambos, caballo y jinete, como los más fuertes y veloces del Universo, siempre se encontraban con unos malos con unas características tan parecidas que bastaba con cambiar nombres y lugares para hacer una novela distinta. Había variantes de un bueno, dos buenos y, en algún caso excepcional, tres. Siempre les buscaba pareja que, habitualmente, era la hija redimida del malo aunque, si alguna vez se le iba la mano y le sobraba una hembra, la reconvertía de nuevo en mala y se acabó. Los teóricos de las novelas dicen que siempre hay un planteamiento, un nudo y un desenlace pero, por lo que se ve, los teóricos de las novelas no habían leído a Marcial Lafuente para saber que es posible hacer una novela que sólo tiene desenlace…desde la primera página.
En ningún momento hay la menor duda sobre quién va a ganar la partida; los malos no tienen el menor margen sino que, en el momento en que aparece el bueno, empieza a repartir estopa y así sigue hasta que termina la novela y no queda un solo malo vivo, salvo que se haya reconvertido previamente. Quizás ése era el principal atractivo de Marcial Lafuente: Un oasis donde el bueno siempre ganaba -y además, se sabía desde el principio que iba a ganar- por goleada. ¿Las novelas eran repetitivas?…¿Qué más da? Incluso Serrat en su “Romance de Curro el Palmo” le dedica una estrofa.
Probablemente todavía hay mucha gente que tiene una idea de Estados Unidos a caballo entre el “Kojanisqatsi” de Coppola y las novelas de Marcial Lafuente, al natural o en sus versiones tipo “Rambo”, que no deja de ser una novela del Oeste con anabolizantes y explosiones. Sin embargo, es falso. La versión buena es la de Stephen King.
Freakonomics o cómo hacer una película horrible de un buen libro
Freakonomics es un libro que me gustó mucho tanto por los principios que ilustra como por los ejemplos que utiliza y las conclusiones que permite sacar a cualquier interesado en el comportamiento humano. Hace unos días, encontré que los autores habían hecho también una película y, animado por el libro, se me ocurrió verla aunque tengo que matizar que a mitad de la película estaba dando cabezadas porque resultó ser el perfecto somnífero.
Utiliza algunos de los ejemplos mucho mejor ilustrados en el libro con el recurso de algunas secuencias de dibujos animados sin demasiada gracia y los autores apareciendo con bastante frecuencia y comentando de palabra -por cierto, no muy fáciles de entender ni por velocidad ni por dicción- lo mismo que habían escrito en el libro.
Por añadidura, lo único que aportaron original sobre el libro ocupa aproximadamente el tercio final de la película y es un experimento mal hecho. Ponían a prueba cuál era el efecto sobre estudiantes de secundaria de utilizar premios condicionados al rendimiento académico y extraían sus conclusiones. Freakonomics es un buen libro que utiliza conceptos económicos que serían muy interesantes de leer para muchos psicólogos y, en general, para todo aquél a quien le interese el comportamiento humano pero, a pesar de que los autores hayan aportado puntos originales, su formación no es de psicólogos y, en consecuencia, se les han escapado puntos que cualquier estudiante de primer año de Psicología conoce: Los experimentos de Elton Mayo en Hawthorne.
Elton Mayo quiso mostrar el efecto de la iluminación sobre el rendimiento y el diseño de su experimento introdujo una variable extraña que resultó ser crucial y explicar unos resultados enloquecedores: El efecto que tenía la relación con el sujeto del experimento. En el experimento de la película caen en lo mismo: Los sujetos del experimento disfrutan de un grado de atención que probablemente está muy por encima del accesible a otros estudiantes de su mismo nivel, y algunas secuencias de la película así lo muestran, por lo que es bastante difícil saber qué es lo que está produciendo los resultados, si la expectativa de refuerzo o la atención prestada durante el proceso.
En suma, película decepcionante donde las haya. No recordaba haber visto una adaptación peor de un libro a una película desde El resplandor, película de terror con versión española doblada nada menos que por Verónica Forqué…y eso porque Gracita Morales ya no estaba en este mundo.
“Walden” de Thoreau
Leí Walden hace bastantes años y me resultó uno de los libros más aburridos que haya caído en mis manos. Después de haber leído Walden Dos de Skinner, leer el Walden primario era casi una obligación. Para resumirlo, el libro era una especie de mezcla entre una utopía y una lista de la compra y, siendo sincero, hoy no lo habría acabado. En aquel momento todavía me consideraba con la obligación moral de acabar un libro que empezaba mientras que hoy puedo admitir que un libro me ha engañado en el precio y, por tanto, no le voy a regalar además un tiempo que no merece. Por eso lo acabé entonces y por eso no lo habría acabado hoy.
En rigor, Walden no puede ser considerado una utopía ya que está basado en una experiencia del propio Thoreau que vivió durante un par de años en una cabaña de madera en un paisaje paradisíaco aunque pasar dos inviernos allí es algo que tiene su mérito. Tampoco Thoreau era exactamente un ermitaño sino que, de cuando en cuando, se iba a comprar a la cercana ciudad de Concord, probablemente uno de los sitios con más historia en la relativamente corta vida de Estados Unidos.
En Concord, además de los primeros disparos de la guerra que finalizaría con la independencia, coincidieron en ese mismo tiempo y lugar personajes como el propio Thoreau, Ralph Waldo Emerson y Louisa May Alcott, autora de Mujercitas. Los dos primeros pueden entroncar con el llamado socialismo utópico en Europa y la tercera con el feminismo posterior. Thoreau además podría considerarse con justicia uno de los primeros ecologistas con permiso de Fray Luis de León y su qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y de Virgilio con sus Bucólicas al que Dante acabaría metiendo nada menos que como guía en su infierno. ¡Hay que tener mala baba!
Thoreau, además, refleja perfectamente el intento de autosuficiencia tan extendido entre los norteamericanos aunque en Walden lo justifica siempre con motivos económicos y de ahí la apariencia de lista de la compra de buena parte del libro. Thoreau y su libro han permanecido como un icono dentro del imaginario de la izquierda norteamericana; el Walden Pond, lugar donde se instaló es hoy un parque perfectamente conservado donde tienen una reproducción de su cabaña y -paradojas de la vida- es constantemente sobrevolado por jets privados yendo y viniendo del cercano aeropuerto local de Concord.
Las casas de Ralph Waldo Emerson y de Louisa May Alcott se conservan y se visitan. No parece que fueran de los más pobres del lugar. La oda a la vida sencilla de Thoreau, con su nota de gastos incluida, sigue siendo alabada pero tan poco imitada hoy como en su tiempo: Tiene muchos más admiradores que imitadores y no deja de ser paradójico el sobrevuelo de la cabaña por los más ricos del lugar.
“Predictably Irrational” de Dan Ariely: Un paso más allá de “Freakonomics”
Freakonomics es uno de los libros que más me han gustado en los tres últimos años pero Predictably Irrational avanza un paso más allá. Entiéndase bien eso: No quiero decir ni que lo mejora ni que convierte en prescindible al primero sino que va más allá y trataré de explicarlo:
Freakonomics, así como su segunda parte, se centraba en dos ejes:
- Algunas conductas aparentemente paradójicas dejan de serlo si se analizan cuidadosamente los refuerzos que llevan implicados.
- Hablar de refuerzos no significa necesariamente hablar de dinero. Hay refuerzos de tipo financiero, social y moral y tienen sus especiales líneas de comunicación. Determinadas conductas encaminadas a reforzar uno de los tipos pueden dañar a otro de forma que el resultado global pueda ser escaso o incluso contraproducente.
Espero que se me disculpe la simplificación hasta el límite de un libro excelente pero todo ello era para ilustrar un punto: Los autores de Freakonomics son economistas tradicionales en el sentido de que consideran que las conductas están dirigidas por motivos racionales incluso cuando, vistas desde fuera, no lo parece así. Todo el libro es un brillante esfuerzo para convencernos -en mi caso, tengo que decir que lo logran en la mayoría de los ejemplos que utilizan- de ello. Dan Ariely en “Predictably Irrational” va más allá en el sentido de considerar que la conducta no siempre es racional -contradiciendo así a los autores de Freakonomics- pero, aunque no lo sea, las conductas irracionales tienen sus propias pautas que las convierten en predictibles.
Cada capítulo del libro es dedicado a un mecanismo de comportamiento irracional entre los que, por destacar algunos, comentaremos el concepto de “reclamo” y la doble vara de medir que se produce en situaciones que implican transacción de dinero y otras que no lo implican.
El concepto de reclamo, de forma muy sintética, se refiere a la situación en la que un vendedor tiene dos productos para la venta y quiere favorecer uno de ellos. La forma de favorecerlo consiste en introducir un tercero visiblemente inferior a uno de ellos de forma que se produce una tendencia a elegir el que sale favorecido en la comparación. En distintos experimentos, muestran como la conducta de los consumidores cambia radicalmente si existe el reclamo, es decir la falsa alternativa, o si ésta se elimina y simplemente se presentan las dos alternativas reales.
En cuanto a la doble vara de medir, la he elegido como ilustración tanto por el atractivo del ejemplo con el que abre el capítulo como porque en un momento utiliza otro ejemplo que también aparece en Freakonomics permitiendo comparar las interpretaciones de ambos libros:
El ejemplo de apertura es demoledor: Después de una celebración familiar, un personaje le agradece a su suegra el esfuerzo realizado y lo bien que ha quedado todo y decide que eso merece una recompensa. En consecuencia, saca un talonario y le pregunta si le parecen bien 300 dólares como compensación. Nuestra propia experiencia nos conduce rápidamente a pensar que eso no se hace pero los por qués quedan mucho más difusos y esto es lo que nos trata de explicar Arieli: Hay dos mundos con reglas de comportamiento totalmente distintas y la mezcla de ambos puede conducir a que se empiece a funcionar bajo un conjunto de reglas distinto, cosa que podría ser muy perjudicial algunas veces.
El ejemplo de la guardería es utilizado en Freakonomics señalando que en una guardería había padres que llegaban tarde y decidieron poner una penalización consiguiendo como resultado, que fueran más los que llegaban tarde. La explicación que dan de tal hecho es la siguiente: Al principio, se movían en el entorno del refuerzo social pero, al introducir la multa, ésta fue interpretada como el pago de un servicio de modo que el incentivo -o desincentivo- financiero eliminó el refuerzo social y empeoró la situación inicial.
Arieli da una interpretación parecida en sus términos señalando que, al introducir la multa, los padres pasaron del ámbito de las reglas de tipo social al ámbito mucho más impersonal de las reglas que se rigen por las transacciones financieras; con términos algo distintos viene a decir lo mismo que Freakonomics, pero el punto interesante viene después: Cuando, como consecuencia del fracaso del intento, eliminaron la penalización encontraron que la tardanza de los padres era aún mayor. ¿Qué había ocurrido?
Efectivamente, los padres habían dejado de funcionar con las reglas de tipo social para hacerlo con las reglas del ámbito en el que hay transacciones de dinero. Sin embargo, una vez roto el vínculo social, la eliminación de la transacción de dinero no sirve para recuperar automáticamente las reglas de tipo social que han quedado rotas de modo definitivo. Arieli traslada este ejemplo al comportamiento de algunas empresas con sus clientes y con sus empleados a los que tratan de convertir en una especie de “gran familia” pero, cuando se presenta una situación que hace que predominen las reglas presentes cuando hay transacciones de dinero, ese concepto queda roto definitivamente. Esto es lo que explicaría por qué una crisis empresarial mal manejada rompe por completo el vínculo empresa-trabajador pasando a ser la relación una de estricta oferta y demanda y donde conceptos como compromiso o fidelidad están totalmente fuera de lugar.
No son los únicos mecanismos que muestra el libro. Trata también, por ejemplo, decisiones sobre precio y presenta situaciones, unas experimentales y otras de la vida real, donde se muestra que el precio no siempre es una cuestión de oferta y demanda sino que pueden darse casos en que el punto de partida es totalmente arbitrario y es a partir de ese punto donde aparece una cierta lógica al decidir cuánto se está dispuesto a pagar. En suma, vale la pena leer el libro y, aunque pueda considerarse un paso más allá de Freakonomics, no lo sustituye: Muestra casos donde no podemos dar por sentada la racionalidad de la conducta y a qué mecanismos obedecen esos casos.
Motivación: Como liarse con conceptos sencillos
Hace poco he terminado un libro que no me gusta (“Drive” de Daniel Pink), hasta el punto de haberle colocado una crítica bastante negativa en Amazon: Página en Amazon porque me encuentro que, una vez más, se le siguen dando vueltas al tema de la motivación y se intenta resolver en cuatro brochazos inconexos. Aunque esto daría para un libro -uno bueno- vamos a intentar clarificar los conceptos básicos que hay debajo de la motivación y veremos cómo esa simple clarificación puede explicar conductas aparentemente absurdas:
Cuando apareció la pirámide de Abraham Maslow, que dista mucho de ser tan simplón como nos lo presentan cuando se quedan en la pirámide, quedaron algunos puntos pendientes de explicar. Por ejemplo: ¿Cómo explicar una huelga de hambre? Allport vendría en su auxilio hablando de la “autonomía funcional de los motivos superiores”, de forma que un ideal podría poner bajo su control a necesidades que, en principio, son más básicas.
Algunos autores empezaron a preocuparse también por el valor negativo que tenían las recompensas. Para los conductistas, el esquema Estímulo-Respuesta es muy sencillo pero las personas más abiertas pueden encontrar situaciones donde se produzcan conductas paradójicas. Pink muestra casos como el de los donantes de sangre donde la oferta de una retribución, en lugar de aumentar las donaciones, las disminuyó o el de la guardería donde los padres llegaban sistemáticamente tarde y el establecimiento de una multa, en lugar de reducir la conducta no deseada, la aumentó. ¿Tiene esto una explicación sin necesidad de ir a teorías “ad hoc” como la de Allport? Creo que sí.
Uno de los mejores libros que he leído en los últimos tiempos es Freakonomics. Un economista tradicional diría que no habla de economía y un psicólogo diría que habla de psicología; en realidad, de lo que habla es de la estructura de refuerzos y el tipo de éstos para generar conductas de uno u otro tipo, es decir…habla de motivación. En uno de sus primeros capítulos utiliza el mismo ejemplo que Pink, el de la guardería, para explicar por qué se produce ese fenómeno recurriendo a una división de los incentivos en tres tipos, morales, sociales y financieros.
Creo que no hay ningún problema en aceptar la división siempre que añadamos un importante énfasis sobre un aspecto: Los tres tipos de motivador no son compartimentos estancos sino que interactúan y no siempre lo hacen en la misma dirección, lo que no significa que lo hagan en forma aleatoria.
¿Cómo explicar el ejemplo de la guardería? El incentivo financiero, si no es muy fuerte, elimina el incentivo moral. Los padres llegan tarde, ahora con tranquilidad, porque no piensan que le estén haciendo una faena a nadie sino que interpretan la multa como el pago de un servicio. ¿Cómo evitar esa interpretación y la conducta subsiguiente? Mediante incentivos desproporcionados: Zipcar carga 50 dólares por el retraso en la devolución de un coche a pesar de que está cobrando una cifra entre 7 y 12 dólares por hora y a la tercera vez retiran la tarjeta; la multa en Estados Unidos por tirar porquería por la ventanilla del coche puede llegar hasta los 10.000 $…en el caso de la guardería, podría ser inadmisible esa práctica pero, en lugar de esto, pueden poner algo parecido a un sistema de puntos por el cual a la tercera vez en un mes que los padres llegan tarde, el niño se queda una semana en su casa. No nos engañemos; al actuar así habríamos eliminado el incentivo moral de la misma forma que con la práctica de la multa de baja cuantía pero… habríamos buscado una forma eficaz de sustituirlo. Es posible, simplemente, que en algunas situaciones las organizaciones no puedan funcionar bien si recurren de forma exclusiva al incentivo moral.
¿Qué ocurre con las donaciones? Probablemente, y puede tener razones para ello, la persona que practica de forma altruista la donación de sangre tiene un concepto de sí misma como persona generosa -incentivo social- y un pago por sus servicios eliminaría uno de los hechos visibles en los que tal persona basa su autoconcepto. Parece claro que el donante preferirá quedarse con su visión de sí mismo antes que recibir una propina.
Éstos son dos casos sólo aparentemente paradójicos pero vamos ahora a lo más difícil: En principio, es cierto que un refuerzo externo puede eliminar la motivación interna -convierte el placer en trabajo- y que esto no sólo afecta al ámbito laboral sino que es también la mejor forma de matar la curiosidad en todos los sistemas educativos del mundo: Un niño aprende porque está hecho para aprender; en el momento en que se le empieza a premiar por hacerlo, aparece el desinterés.
Pink utilizaba una nomenclatura referida al trabajo, la de puestos “algorítmicos” frente a puestos “heurísticos”. Lo que llama “algorítmicos” no es más que otra forma de llamar a los puestos que coloquialmente llamaríamos de “sota-caballo-rey”, es decir, puestos en los que se sigue instrucciones y donde el aspecto humano no aparece en ninguna parte. En estos puestos, la externalización de la motivación mediante el refuerzo puede ser positiva porque es sencillo saber si se han hecho las cosas bien o mal en cantidad y calidad. Frente a éstos se utilizan los puestos “heurísticos”, es decir, aquéllos en los que no existe una guía clara sobre cómo hacer las cosas y donde mucho depende de la iniciativa y la creatividad personal. En estos casos, el refuerzo externo puede ser pernicioso porque limita el campo de visión y los objetivos mensurables y a corto plazo, a menudo pueden contribuir a agravar el problema convirtiendo un puesto que por su naturaleza es heurístico en un pseudo-algorítmico. ¿Cuántos directivos habrá que se podrían ver reconocidos en esta situación?
Hablemos de sueldo: El sueldo es claramente un incentivo financiero y, según muchos autores, como el mencionado Pink, Alfie Kohn y, antes que ellos, el muy conocido Herzberg externaliza la motivación. La conclusión que sacan distintos autores es que, puesto que el incentivo financiero o sueldo es de tipo higiénico y no motivador, deberíamos asegurarnos de pagar la cantidad suficiente para no producir insatisfacción y, a partir de ese momento, buscar otro tipo de incentivos. Ésta es la teoría que nos están vendiendo muchos teóricos, valga la redundancia, de la motivación y tal teoría es tan falsa como un euro de madera. Veamos por qué:
Recordemos los tres tipos de incentivos -morales, sociales y financieros- y apliquémoslos a una conocida anécdota: El sueldo de Maria Callas; la Callas sólo subía a un escenario acompañada de estrellas que pudieran tener un nivel parecido al suyo y, para establecer su nivel de exigencia, tenía una regla muy sencilla: Un dólar más que el que más cobre. ¿Qué nos está diciendo con esta regla? Algo muy sencillo pero que parece escapársele a muchos teóricos de la motivación: El incentivo financiero puede ser TAMBIÉN Y PRINCIPALMENTE incentivo social porque define estatus.
¿Podemos llamar mañana a Cristiano Ronaldo o a Pau Gasol y decirles “he leído que el sueldo no es motivador y puesto que tienes dinero más que suficiente para vivir, en lugar de pagarte todavía más, voy a intentar por todos los medios que tengas otros incentivos como, por ejemplo, un ambiente agradable en el equipo, etc.”? Naturalmente, las carcajadas se oirían en Sebastopol a pesar de que todo lo dicho es cierto, es decir, tienen dinero más que suficiente y el incentivo financiero muchas veces limita o elimina la conducta de tipo más creativo. Al igual que en el caso de la Callas, el sueldo de Cristiano Ronaldo es la mejor prueba de que “no es un jugador más” y cuanto más escandaloso sea el sueldo mayor es el incentivo social que lleva asociado. Vemos, por tanto, que al contrario que en el caso de los donantes de sangre, aquí el incentivo financiero y el incentivo social caminan de la mano…y esto nos lleva a algo muy simple y que se les escapa a la práctica totalidad de los teóricos de la motivación: Una misma acción puede, al mismo tiempo, satisfacer distintos tipos de motivos o satisfacer unos y eliminar otros.
El dinero, por seguir con el mismo ejemplo, produce un refuerzo financiero y elimina el refuerzo social en los donantes de sangre y, al tratarse de una actividad donde lo básico es el refuerzo social, produce unos resultados negativos. El dinero produce refuerzo financiero Y refuerzo social en los futbolistas de élite; el refuerzo financiero puede no tener demasiada importancia para alguien que lleva ya años cobrando cifras exorbitantes pero sí la tiene el refuerzo social y, como consecuencia, no se puede reducir basándose en los efectos perniciosos del refuerzo externo.
Quizás no debamos escandalizarnos demasiado porque prestigiosos teóricos de la motivación no hayan sido capaces de darse cuenta de éstos. Al fin y al cabo, ese mismo error tiene ya más de dos mil años de antigüedad y a mucha gente le rechina escucharlo en esta versión aunque son pocos los que lo confiesan abiertamente:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No quedamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.(Mateo 20, 1-16)
Quien tenga una óptica religiosa y específicamente cristiana, seguramente encontrará motivos para justificar este modelo de actuación. Si dirige una empresa, mejor que no lo aplique.
“Y si habla mal de España…es español” de Fernando Sánchez Dragó
Durante la época en que Sánchez Dragó dirigió el noticiario nocturno de Telemadrid, tengo que confesarme adicto. Sus primeros momentos no pudieron ser peores, con un ego estratosférico que se manifestaba a cada palabra, a cada gesto y, sobre todo, sin necesidad alguna. No sé si fue consejo ajeno u observación propia, al cabo de un tiempo cambió. El ego seguía estando ahí, faltaría más, pero salía en un tono suficientemente ligero y de broma como para ser disculpable y, al hacerlo así, permitir disfrutar con las rápidas salidas de Sánchez Dragó sin que éste ya se atragantase. Todo un homenaje a la capacidad para aprender.
Con este libro la cosa es distinta. Un autor que se jacta de escribir con una máquina Olympia -supongo que tendrá serios problemas para conseguir que se la arreglen si se avería- ha descubierto lo que es un blog por accidente y dándole forma impresa. Lo que ha escrito Sánchez Dragó no es un libro sino una serie de artículos con un punto común: Parece que cuando el autor escuchaba alguna noticia que no le gustaba decía “¿Ah, sí? ¡Os vais a enterar!” y, a continuación, la pobre Olympia pagaba los platos rotos y el resultado pasaba a incorporarse como una pieza del libro.
La falta de unidad y su composición con momentos de cabreo como materia prima hace que se pueda leer en cualquier orden o, si se desea homenajear al autor, en ningún orden para corresponder así a la esencia del libro. Sin duda, tiene comentarios divertidos, de ésos que a muchos nos gustaría tener a mano en la situación adecuada, critica feroz y justificadamente el comportamiento de los políticos y dice cosas que mucha gente reconoce pero no se atreve a decir en público. En otros asuntos, tal vez exagere un poco en la descripción de los hechos actuales pero, de no alterarse las trayectorias criticadas, tal vez podría estar describiendo un futuro próximo.
Sánchez Dragó se dice liberal repetidas veces a lo largo del libro. El libro tiene momentos divertidos aunque su desorden a caballo entre el blog y el desmadre total hace que no se pueda considerar como libro de cabecera. Más aún, y estoy por asegurar que el autor no se tomaría muy a mal este comentario, Sánchez Dragó es un personaje difícil de tomar muy en serio y quizás por eso nadie le retira la palabra, ni siquiera a los que critica con más ferocidad. Si alguien es de los que sólo lee un libro al año, mejor que no escoja éste; si, además, está de acuerdo con los principios del pensamiento liberal y quiere leer una crítica quizás más feroz y más ordenada que la de Sánchez Dragó, tiene un libro a medida de sus deseos: http://factorhumano.wordpress.com/2008/01/17/el-conocimiento-inutil-de-jean-francois-revel/ o la opción de Thomas Sowell con “The vision of the anointed”. Si no se tienen unas limitaciones de lectura tan ajustadas, el libro de Sánchez Dragó se puede leer y pasar un rato divertido, siempre que se tenga en cuenta que no es un libro. Es un blog impreso.
“Intellectuals and Society” de Thomas Sowell
No es el mejor Sowell. El mismo tema lo había tratado de una forma más breve en un libro anterior, ”The vision of the anointed”, que probablemente va mucho más a los puntos clave que éste. Sowell es un defensor sin complejos del liberalismo (“ultraliberal” lo llamarían los que ven mal al liberalismo) pero que, al igual que su mentor Hayek, no concibe el liberalismo como la vieja receta del laissez faire sino que implica mucha actividad para asegurarse que todos respetan las reglas del juego.
En “Intellectuals and Society” nos pinta un tipo de personaje que está dispuesto a hablar de cualquier cosa -como un tertuliano con pedigree- sin asumir jamás ninguna responsabilidad por lo dicho o hecho y, sobre todo, inmune a la experiencia. Como siempre ocurre con Sowell, el libro tiene muchas ideas que valen la pena pero, en algunos casos, se le va la mano y comienza a actuar de una forma que hace que se le pueda atribuir a él la idea de “intelectual” con la connotación negativa que implica. Para Sowell, en este contexto, la definición de intelectual es la siguiente:
Aquí, por intelectual se entiende una categoría ocupacional, gente cuyas ocupaciones tienen que ver sobre todo con ideas -escritores, académicos y demás-. Muchos de nosotros no vemos a los neurocirujanos o los ingenieros como intelectuales a pesar del intenso trabajo mental que cada uno precisa…en el fondo de la noción de intelectual está el concepto de vendedor de ideas -no aplicación personal de las ideas como podría ser el caso de un ingeniero que aplica complejos principios científicos para crear estructuras físicas o mecanismos…El trabajo del intelectual comienza y trabaja con ideas, a pesar de lo influyentes que hayan podido ser esas ideas sobre cosas concretas en las manos de otros. Adam Smith nunca dirigió un negocio ni Karl Marx gestionó un Gulag. Eran intelectuales.
Sowell utiliza ejemplos de personajes como Sartre y su posición pro-Stalin y cómo jamás modificó sus planteamientos a pesar de que la realidad parecía invitar a ello o los numerosos personajes que, en vísperas de la II Guerra Mundial proclamaban la necesidad de un desarme unilateral como forma de que Hitler no se considerase amenazado y, por tanto, desapareciera la amenaza de guerra.
Sin embargo, aunque el tipo sea fácilmente reconocible en los términos en que Sowell lo describe, como alguien que se considera parte de una elite y que no acepta las limitaciones de las leyes a las que quiere evitar por vía interpretación libre y que, por supuesto, piensa que la sociedad estaría mejor organizada si, en lugar de dejar a cada uno que decida sobre su propia actuación, ésta es dirigida por los que “saben” que es lo que se requiere y están dispuestos a imponer sus recetas, todo esto ya estaba en “The vision of the anointed”. Sin embargo, hay dos puntos en que se le va definitivamente la mano:
- La generalización: Cierto que hay muchos personajes prominentes que son inmunes a la realidad -no sólo entre los intelectuales tal como los define Sowell- pero, en particular, se dedica a lanzar dardos a un personaje que no sólo no fue inmune a la realidad sino que ésta le hizo cambiar completamente sus planteamientos: Bertrand Russell. En el terreno político, tiene muy poco que ver el Russell de los años 20 con el Russell posterior a la Segunda Guerra Mundial donde había visto los efectos e incluso había visitado las famosas “aldeas Potemkin” y, como consecuencia, alteró por completo sus posiciones iniciales. No todos han hecho lo mismo pero, tal vez, habría que introducir también el factor de honradez intelectual. No todo el mundo la tiene en el mismo grado.
- La negación de la contribución positiva. A pesar de que él mismo da ejemplos de personajes que han tenido una contribución, a través de las ideas, sobre las actuaciones de otros, no siempre esa contribución ha de ser necesariamente negativa y, si así fuera, nos veríamos obligados a preguntarle a Sowell qué opina de su propio papel y de la incidencia que éste pueda tener en el pensamiento económico y social. Puesto que Sowell acusa a los “intelectuales” de salirse de su ámbito de conocimiento, lo mismo le sería aplicable a él cuando comienza a tocar temas como la organización social, a menos que arbitrariamente decida ampliar el ámbito de la economía también a estos asuntos, en cuyo caso quedaría definitivamente inscrito en la casta de “intelectuales” que denigra.
En suma, piezas brillantes pero dentro de un conjunto deslucido. El original, “The vision of the anointed”, resulta mucho más aconsejable como lectura.




